Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
6 de agosto de 2026
La escena noruega tenía todo el guion de una farsa diplomática: la líder venezolana, con el rostro firme y la medalla en las manos, cruzándose con el expresidente estadounidense en algún salón que olía a siglos de protocolo. Ella sonreía para las cámaras. Él, con esa calma retadora que le conocemos, recibía el metal como quien acepta un trofeo de consolación. Detrás, políticos noruegos de varios partidos soltaron la palabra que nadie esperaba en la sobria tierra de los fiordos: “patético”. Un parlamentario lo dijo sin rodeos y otro remató con la misma sílaba que retumbaba al otro lado del Atlántico: “absurdo”.
Porque lo absurdo no tiene pasaporte. Mientras en Europa se debatía si entregar un Nobel a quien representa la paz era un gesto de estrategia o un acto de rendición, en México la discusión corría por otros rieles: sancionar a un reportero era, según la propia Presidenta, un absurdo. Un periodista en el centro de la tormenta —el caso Casar— y la máxima autoridad del país pronunciando la palabra como quien cierra una puerta. No había uniformes ni medallas; había una hoja de papel y un micrófono. Y el absurdo, otra vez, servía para medir hasta dónde está dispuesto a llegar el poder cuando la verdad le estorba.
En algún punto de la semana, un partido político —el Verde— salió a defender que las nuevas placas vehiculares no tenían propaganda electoral. Lo dijo como si todos hubiéramos visto otra cosa. El PRI, desde su banca, llamó a eso “un absurdo”. Y los mexicanos, atrapados entre el tráfico y el noticiero, solo atinaban a preguntarse si el ridículo también pagaba tenencia.
Quizá por eso la nota de Chihuahua tuvo ese dejo de déjà vu: el PAN —ese PAN que se rasgaba las vestiduras— tildando de “ridícula” la marcha del oficialismo, mientras Morena, según las encuestas, “va en picada”. Los mismos adjetivos flotando en el aire de un lado a otro, pescados por los medios como si fueran la moneda corriente de la política.
Y en ese ir y venir de ocurrencias, Ayuso ya había conquistado el ridículo con una visita diplomática que terminó en disculpas cruzadas: el gobierno español pidiendo perdón, la izquierda de Madrid disculpándose con Sheinbaum por el espectáculo, y la presidenta mexicana calificando el viaje como “visita fallida”. Todo tan rápido, tan coreografiado, que parecía un ensayo general del absurdo.
Afuera, en la calle, la gente seguía su camino. Un vendedor de periódicos gritaba los titulares como quien anuncia el clima. Nadie se detenía. Quizá porque en el fondo todos sabemos que lo absurdo no es la excepción, sino la regla: la que nos toca vivir, entre medallas que no se entregan, reporteros que no se tocan y placas que todos vemos. Solo queda anotarlo en la libreta y esperar el próximo acto.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
6 de agosto de 2026
La escena noruega tenía todo el guion de una farsa diplomática: la líder venezolana, con el rostro firme y la medalla en las manos, cruzándose con el expresidente estadounidense en algún salón que olía a siglos de protocolo. Ella sonreía para las cámaras. Él, con esa calma retadora que le conocemos, recibía el metal como quien acepta un trofeo de consolación. Detrás, políticos noruegos de varios partidos soltaron la palabra que nadie esperaba en la sobria tierra de los fiordos: “patético”. Un parlamentario lo dijo sin rodeos y otro remató con la misma sílaba que retumbaba al otro lado del Atlántico: “absurdo”.
Porque lo absurdo no tiene pasaporte. Mientras en Europa se debatía si entregar un Nobel a quien representa la paz era un gesto de estrategia o un acto de rendición, en México la discusión corría por otros rieles: sancionar a un reportero era, según la propia Presidenta, un absurdo. Un periodista en el centro de la tormenta —el caso Casar— y la máxima autoridad del país pronunciando la palabra como quien cierra una puerta. No había uniformes ni medallas; había una hoja de papel y un micrófono. Y el absurdo, otra vez, servía para medir hasta dónde está dispuesto a llegar el poder cuando la verdad le estorba.
En algún punto de la semana, un partido político —el Verde— salió a defender que las nuevas placas vehiculares no tenían propaganda electoral. Lo dijo como si todos hubiéramos visto otra cosa. El PRI, desde su banca, llamó a eso “un absurdo”. Y los mexicanos, atrapados entre el tráfico y el noticiero, solo atinaban a preguntarse si el ridículo también pagaba tenencia.
Quizá por eso la nota de Chihuahua tuvo ese dejo de déjà vu: el PAN —ese PAN que se rasgaba las vestiduras— tildando de “ridícula” la marcha del oficialismo, mientras Morena, según las encuestas, “va en picada”. Los mismos adjetivos flotando en el aire de un lado a otro, pescados por los medios como si fueran la moneda corriente de la política.
Y en ese ir y venir de ocurrencias, Ayuso ya había conquistado el ridículo con una visita diplomática que terminó en disculpas cruzadas: el gobierno español pidiendo perdón, la izquierda de Madrid disculpándose con Sheinbaum por el espectáculo, y la presidenta mexicana calificando el viaje como “visita fallida”. Todo tan rápido, tan coreografiado, que parecía un ensayo general del absurdo.
Afuera, en la calle, la gente seguía su camino. Un vendedor de periódicos gritaba los titulares como quien anuncia el clima. Nadie se detenía. Quizá porque en el fondo todos sabemos que lo absurdo no es la excepción, sino la regla: la que nos toca vivir, entre medallas que no se entregan, reporteros que no se tocan y placas que todos vemos. Solo queda anotarlo en la libreta y esperar el próximo acto.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

