Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
30 de junio de 2026
Cinco cadáveres calcinados en Tutuaca, cinco vehículos convertidos en hornos improvisados, y la noticia se desliza como el aceite en una sartén caliente: apenas deja mancha. Al sur, en Ciudad Juárez, el caso Crematorio Plenitud cumple un año con 131 cuerpos sin nombre, familias condenadas a un duelo de saldo y una impunidad que ya es patrimonio cultural. La diferencia entre una muerte violenta y una muerte por olvido es el tiempo que tarda en enfriarse el café en mi escritorio.
Mientras tanto, el gobierno se entretiene nombrando embajadores —Esteban Moctezuma rumbo a la Unión Europea, como quien manda a un hijo a la escuela a ver si aprende buenos modales— y Somos México se presenta como el partido que va a restaurar la República, como si la República fuera un mueble antiguo al que solo le falta una mano de barniz. Pero aquí, en el norte, la gente no necesita barniz: necesita que alguien identifique los huesos de sus seres queridos.
La economía mexicana crece un 2.2%, dicen los números que bailan en los discursos oficiales, mientras Banxico se queda sin balas para bajar las tasas. Uno ve los indicadores y piensa en un paciente en terapia intensiva al que le suben la música para que no se escuchen los quejidos. Pero la música no tapa el olor a quemado que llega desde Chihuahua, ni el eco de las madres que preguntan por sus hijos en la morgue virtual.
Me acuerdo del abogado que eligió ser mexicano y dedicó su vida a Ciudad Juárez. Debe sentirse como el que llega a una fiesta después de que todos se fueron, barriendo los confeti y preguntándose si bailó solo. La realidad vista desde el espejo retrovisor tiene esa manía: nítida cuando ya es demasiado tarde, borrosa cuando aún podemos hacer algo. Lo peor no es que miremos atrás, sino que nos acostumbremos a ver siempre el mismo paisaje de impunidad y lo llamemos normalidad.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
30 de junio de 2026
Cinco cadáveres calcinados en Tutuaca, cinco vehículos convertidos en hornos improvisados, y la noticia se desliza como el aceite en una sartén caliente: apenas deja mancha. Al sur, en Ciudad Juárez, el caso Crematorio Plenitud cumple un año con 131 cuerpos sin nombre, familias condenadas a un duelo de saldo y una impunidad que ya es patrimonio cultural. La diferencia entre una muerte violenta y una muerte por olvido es el tiempo que tarda en enfriarse el café en mi escritorio.
Mientras tanto, el gobierno se entretiene nombrando embajadores —Esteban Moctezuma rumbo a la Unión Europea, como quien manda a un hijo a la escuela a ver si aprende buenos modales— y Somos México se presenta como el partido que va a restaurar la República, como si la República fuera un mueble antiguo al que solo le falta una mano de barniz. Pero aquí, en el norte, la gente no necesita barniz: necesita que alguien identifique los huesos de sus seres queridos.
La economía mexicana crece un 2.2%, dicen los números que bailan en los discursos oficiales, mientras Banxico se queda sin balas para bajar las tasas. Uno ve los indicadores y piensa en un paciente en terapia intensiva al que le suben la música para que no se escuchen los quejidos. Pero la música no tapa el olor a quemado que llega desde Chihuahua, ni el eco de las madres que preguntan por sus hijos en la morgue virtual.
Me acuerdo del abogado que eligió ser mexicano y dedicó su vida a Ciudad Juárez. Debe sentirse como el que llega a una fiesta después de que todos se fueron, barriendo los confeti y preguntándose si bailó solo. La realidad vista desde el espejo retrovisor tiene esa manía: nítida cuando ya es demasiado tarde, borrosa cuando aún podemos hacer algo. Lo peor no es que miremos atrás, sino que nos acostumbremos a ver siempre el mismo paisaje de impunidad y lo llamemos normalidad.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

