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Impersonal — 1 de julio de 2026 | Edicion para el cafe

por Opinia Lab
1 julio, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

1 de julio de 2026

Don Matías se levantó a las cuatro de la mañana, como hace cuarenta años, y mientras ordeñaba escuchó en la radio que el programa “Precio Justo” no lo incluía a él ni a dos millones de campesinos más; soltó una risa seca que se perdió entre el mugido de las vacas.

El sol apenas asomaba sobre los lomeríos de Veracruz cuando el viejo productor de maíz apagó la radio. Había escuchado bien: el programa estrella de la Secretaría de Agricultura, ese que prometía un pago justo por cada tonelada de grano, dejaba fuera a los pequeños productores. “¿Precio Justo? Más bien precio de risa”, masculló mientras revisaba sus mazorcas, pequeñas y deslucidas por la sequía. En el fondo sabía que la promesa gubernamental era un espejismo: el mercado real se mueve con otras lógicas, y la importación de maíz extranjero, ese que llega en barcos enormes al puerto de Veracruz, ya había roto todos los récords históricos.

En la asamblea ejidal, dos días después, los rostros morenos y arrugados compartían la misma mueca de incredulidad. Don Matías observaba desde su banco de madera cómo el comisariado leía el comunicado. “El programa solo beneficia a quienes producen más de cincuenta toneladas”, dijo con voz cansada. “O sea, los grandes”, respondió alguien desde el fondo. Un silencio denso, apenas roto por el zumbido de una mosca, confirmó que el absurdo no necesitaba más explicación. En el corredor, las mujeres comenzaron a desgranar maíz criollo para la cena, mientras los más jóvenes revisaban en sus teléfonos los precios del grano en Chicago, más baratos que lo que les ofrecía su propio gobierno.

A doscientos kilómetros de ahí, en las oficinas de la Secretaría, los funcionarios hablaban de eficiencia y productividad, de escalas y de mercado global. Pero don Matías no necesita un discurso: él sabe que su maíz, el que crece en terrenos minifundistas, el que ha alimentado a su familia por generaciones, no entra en ninguna categoría burocrática. Por eso, cuando el presidente municipal pasó a ofrecerles una disculpa formal por el “error técnico”, el viejo solamente movió la cabeza. “No es error, es que no existimos”, dijo en voz baja, mientras el viento se llevaba sus palabras igual que se lleva el polvo de la milpa abandonada.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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El sol apenas asomaba sobre los lomeríos de Veracruz cuando el viejo productor de maíz apagó la radio. Había escuchado bien: el programa estrella de la Secretaría de Agricultura, ese que prometía un pago justo por cada tonelada de grano, dejaba fuera a los pequeños productores. “¿Precio Justo? Más bien precio de risa”, masculló mientras revisaba sus mazorcas, pequeñas y deslucidas por la sequía. En el fondo sabía que la promesa gubernamental era un espejismo: el mercado real se mueve con otras lógicas, y la importación de maíz extranjero, ese que llega en barcos enormes al puerto de Veracruz, ya había roto todos los récords históricos.

En la asamblea ejidal, dos días después, los rostros morenos y arrugados compartían la misma mueca de incredulidad. Don Matías observaba desde su banco de madera cómo el comisariado leía el comunicado. “El programa solo beneficia a quienes producen más de cincuenta toneladas”, dijo con voz cansada. “O sea, los grandes”, respondió alguien desde el fondo. Un silencio denso, apenas roto por el zumbido de una mosca, confirmó que el absurdo no necesitaba más explicación. En el corredor, las mujeres comenzaron a desgranar maíz criollo para la cena, mientras los más jóvenes revisaban en sus teléfonos los precios del grano en Chicago, más baratos que lo que les ofrecía su propio gobierno.

A doscientos kilómetros de ahí, en las oficinas de la Secretaría, los funcionarios hablaban de eficiencia y productividad, de escalas y de mercado global. Pero don Matías no necesita un discurso: él sabe que su maíz, el que crece en terrenos minifundistas, el que ha alimentado a su familia por generaciones, no entra en ninguna categoría burocrática. Por eso, cuando el presidente municipal pasó a ofrecerles una disculpa formal por el “error técnico”, el viejo solamente movió la cabeza. “No es error, es que no existimos”, dijo en voz baja, mientras el viento se llevaba sus palabras igual que se lleva el polvo de la milpa abandonada.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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