Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
13 de julio de 2026
La escena, digna de una telenovela política con guion de sainete, empezó con una conferencia de Ayuso en la que intentó pontificar sobre libertad y prosperidad frente a un público que, según testigos, miraba más el reloj que su boca. Lo que vino después fue un coro de desmentidos, incomodidades y, finalmente, la rendición por escrito. El gobierno español, a través de su portavoz, soltó un comunicado donde reconocía que Ayuso “había ido a provocar y le había salido mal”. No hubo matices: fue una patada al hormiguero.
Pero lo más surrealista ocurrió en Madrid. La izquierda local, encabezada por Más Madrid y el PSOE, se apresuró a pedir disculpas a Sheinbaum por el “ridículo” de su rival autonómica. En un gesto que mezcla la humildad con la astucia política, los adversarios de Ayuso en la capital española aprovecharon para hacer campaña: “No nos representa”, dijeron, mientras la presidenta madrileña intentaba explicar que todo fue un malentendido. Un malentendido que duró tres días, dos vuelos y una docena de tuits borrados.
Sheinbaum, mientras tanto, observaba desde la mañanera con una sonrisa que no llegaba a ser burlona, pero que tampoco disimulaba. “Fue una visita fallida”, sentenció, y no añadió más. Bastó. En las redes mexicanas, el hashtag #AyusoRidículo se volvió tendencia, y hasta el PAN —que suele defender a cualquier figura de derecha— prefirió guardar silencio. Porque en el país del absurdo, como tituló Excélsior esa misma tarde, algunos tropiezos diplomáticos no se cubren con banderas, sino con el archivo de la vergüenza.
Lo curioso es que, mientras tanto, en el fondo del espectáculo, dos millones de campesinos mexicanos seguían sin entrar al programa “Precio Justo” y un barco de maíz extranjero atracaba en Veracruz. Pero esa es otra historia. La de Ayuso fue la de una política que llegó a dar cátedra y terminó dando lástima, o risa, según el cristal con que se mire. Y desde el cielo de Madrid, alguien —quizá el mismísimo espíritu de la transición— debe estar preguntándose si el manual de protocolo incluye un capítulo sobre cómo salir del ridículo sin manchar la alfombra.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
13 de julio de 2026
La escena, digna de una telenovela política con guion de sainete, empezó con una conferencia de Ayuso en la que intentó pontificar sobre libertad y prosperidad frente a un público que, según testigos, miraba más el reloj que su boca. Lo que vino después fue un coro de desmentidos, incomodidades y, finalmente, la rendición por escrito. El gobierno español, a través de su portavoz, soltó un comunicado donde reconocía que Ayuso “había ido a provocar y le había salido mal”. No hubo matices: fue una patada al hormiguero.
Pero lo más surrealista ocurrió en Madrid. La izquierda local, encabezada por Más Madrid y el PSOE, se apresuró a pedir disculpas a Sheinbaum por el “ridículo” de su rival autonómica. En un gesto que mezcla la humildad con la astucia política, los adversarios de Ayuso en la capital española aprovecharon para hacer campaña: “No nos representa”, dijeron, mientras la presidenta madrileña intentaba explicar que todo fue un malentendido. Un malentendido que duró tres días, dos vuelos y una docena de tuits borrados.
Sheinbaum, mientras tanto, observaba desde la mañanera con una sonrisa que no llegaba a ser burlona, pero que tampoco disimulaba. “Fue una visita fallida”, sentenció, y no añadió más. Bastó. En las redes mexicanas, el hashtag #AyusoRidículo se volvió tendencia, y hasta el PAN —que suele defender a cualquier figura de derecha— prefirió guardar silencio. Porque en el país del absurdo, como tituló Excélsior esa misma tarde, algunos tropiezos diplomáticos no se cubren con banderas, sino con el archivo de la vergüenza.
Lo curioso es que, mientras tanto, en el fondo del espectáculo, dos millones de campesinos mexicanos seguían sin entrar al programa “Precio Justo” y un barco de maíz extranjero atracaba en Veracruz. Pero esa es otra historia. La de Ayuso fue la de una política que llegó a dar cátedra y terminó dando lástima, o risa, según el cristal con que se mire. Y desde el cielo de Madrid, alguien —quizá el mismísimo espíritu de la transición— debe estar preguntándose si el manual de protocolo incluye un capítulo sobre cómo salir del ridículo sin manchar la alfombra.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

