Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
12 de julio de 2026
La funcionaria aterrizó con un séquito, discursos preparados y una sonrisa que se fue desdibujando conforme las conferencias matutinas le recordaban que acá la historia no se olvida tan fácil. En la seductora Plaza de la Constitución, los capitalinos la miraron pasar como quien ve una obra de teatro mal ensayada: algunos se rieron, otros se encogieron de hombros, y los más cínicos mencionaron a los campesinos que ese mismo día denunciaban que el programa “Precio Justo” los dejaba fuera, mientras la importación de maíz subía como la espuma.
Porque mientras Ayuso protagonizaba su propio sainete, en los campos de Chihuahua, Michoacán y Sinaloa, dos millones de productores se quedaron sin el apoyo prometido. El grito de “absurdo” que lanzaron contra el gobierno federal no era una exageración retórica: era el eco de una política que promete justicia y reparte indiferencia. El PAN, por su parte, aprovechó para acusar a Morena de ir “en picada”, pero nadie les prestó mucha atención porque ya es costumbre que los partidos aprovechen cualquier resquicio para intercambiar culpas.
En el mismo país donde una visita diplomática se convierte en farsa y un programa de precios se vuelve inaplicable, también se estrenaba una obra de teatro llamada *¡MUAK!*, que según su directora, Sofía Montaño, busca contar la política a través del espectáculo. Quizás no hacía falta: la política ya es puro espectáculo, solo que sin ensayo y con más berrinches.
El absurdo no es un adjetivo, es una atmósfera. Flota entre las columnas de los periódicos que se repiten a sí mismos —“el país de lo absurdo”, “el teatro del absurdo”, “entre lo absurdo y la inanidad”—, como si los editores hubieran coordinado el titular desde una cámara de ecos. Afuera, la realidad sigue su curso: los campesinos siembran con la incertidumbre de siempre, los políticos viajan para hacerse selfies y la gente, mientras tanto, aprende a reírse de todo antes de que el llanto se vuelva crónico.
Al final de la tarde, en una cantina del Centro, un par de comensales discutían si la visita de Ayuso era más ridícula que el disco de los Parchís o menos ridícula que los tuits de cierto diputado local. Alguien prendió la tele y pasaron la nota de los campesinos. Entonces todos callaron, pidieron otra ronda y dejaron que el absurdo, como siempre, ganara la partida.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
12 de julio de 2026
La funcionaria aterrizó con un séquito, discursos preparados y una sonrisa que se fue desdibujando conforme las conferencias matutinas le recordaban que acá la historia no se olvida tan fácil. En la seductora Plaza de la Constitución, los capitalinos la miraron pasar como quien ve una obra de teatro mal ensayada: algunos se rieron, otros se encogieron de hombros, y los más cínicos mencionaron a los campesinos que ese mismo día denunciaban que el programa “Precio Justo” los dejaba fuera, mientras la importación de maíz subía como la espuma.
Porque mientras Ayuso protagonizaba su propio sainete, en los campos de Chihuahua, Michoacán y Sinaloa, dos millones de productores se quedaron sin el apoyo prometido. El grito de “absurdo” que lanzaron contra el gobierno federal no era una exageración retórica: era el eco de una política que promete justicia y reparte indiferencia. El PAN, por su parte, aprovechó para acusar a Morena de ir “en picada”, pero nadie les prestó mucha atención porque ya es costumbre que los partidos aprovechen cualquier resquicio para intercambiar culpas.
En el mismo país donde una visita diplomática se convierte en farsa y un programa de precios se vuelve inaplicable, también se estrenaba una obra de teatro llamada *¡MUAK!*, que según su directora, Sofía Montaño, busca contar la política a través del espectáculo. Quizás no hacía falta: la política ya es puro espectáculo, solo que sin ensayo y con más berrinches.
El absurdo no es un adjetivo, es una atmósfera. Flota entre las columnas de los periódicos que se repiten a sí mismos —“el país de lo absurdo”, “el teatro del absurdo”, “entre lo absurdo y la inanidad”—, como si los editores hubieran coordinado el titular desde una cámara de ecos. Afuera, la realidad sigue su curso: los campesinos siembran con la incertidumbre de siempre, los políticos viajan para hacerse selfies y la gente, mientras tanto, aprende a reírse de todo antes de que el llanto se vuelva crónico.
Al final de la tarde, en una cantina del Centro, un par de comensales discutían si la visita de Ayuso era más ridícula que el disco de los Parchís o menos ridícula que los tuits de cierto diputado local. Alguien prendió la tele y pasaron la nota de los campesinos. Entonces todos callaron, pidieron otra ronda y dejaron que el absurdo, como siempre, ganara la partida.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

