Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
9 de agosto de 2026
La escena tuvo algo de función de noche en plaza vacía. La presidenta de la Comunidad de Madrid aterrizó en territorio mexicano como quien llega a una fiesta donde no la invitaron; el recibimiento, cuentan los corrillos de pasillo, fue de esos que se sienten en el termómetro de las cancillerías: frío, con distancia de metro y medio. Sheinbaum no necesitó alzar la voz. Dejó caer dos palabras —”visita fallida”— y con eso bastó para que el viaje entrara a los anales diplomáticos como ejemplo de lo que no se debe hacer.
En España, la fila para desmarcarse se formó antes del despegue de regreso. El gobierno central soltó una sentencia que parecía sacada de un guion de comedia política: Ayuso “ha ido a provocar a México y le ha salido mal”. No hubo medias tintas. La izquierda madrileña, por su parte, hizo algo que pocas veces se ve en la política: pidió disculpas formales a Sheinbaum por el “ridículo” de su adversaria, como quien se disculpa por un familiar que se portó mal en una boda ajena.
Los periódicos mexicanos amanecieron con titulares que parecían firmar la sentencia: “Ayuso conquista el ridículo”, decía uno, con esa mezcla de humor negro y precisión quirúrgica que distingue a la prensa de este país. Porque si algo logró la visita fue unir a bandos opuestos en un mismo diagnóstico: la derecha española perdió la brújula, la izquierda española se avergonzó y México quedó como el anfitrión que ni siquiera tuvo que esforzarse para ganar la partida.
Lo notable del episodio no es que una política extranjera viniera a provocar y fracasara; eso ha pasado antes y pasará de nuevo. Lo notable es la velocidad con la que todos, incluidos los suyos, salieron a decir que no era con ellos. La visita fallida dejó una lección escrita con tinta invisible: en la diplomacia, como en el ajedrez, no cuenta el ruido que haces al mover la pieza, sino la posición en que la dejas. Ayuso movió su torre al borde del tablero, y su propio equipo respondió alejando el tablero.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
9 de agosto de 2026
La escena tuvo algo de función de noche en plaza vacía. La presidenta de la Comunidad de Madrid aterrizó en territorio mexicano como quien llega a una fiesta donde no la invitaron; el recibimiento, cuentan los corrillos de pasillo, fue de esos que se sienten en el termómetro de las cancillerías: frío, con distancia de metro y medio. Sheinbaum no necesitó alzar la voz. Dejó caer dos palabras —”visita fallida”— y con eso bastó para que el viaje entrara a los anales diplomáticos como ejemplo de lo que no se debe hacer.
En España, la fila para desmarcarse se formó antes del despegue de regreso. El gobierno central soltó una sentencia que parecía sacada de un guion de comedia política: Ayuso “ha ido a provocar a México y le ha salido mal”. No hubo medias tintas. La izquierda madrileña, por su parte, hizo algo que pocas veces se ve en la política: pidió disculpas formales a Sheinbaum por el “ridículo” de su adversaria, como quien se disculpa por un familiar que se portó mal en una boda ajena.
Los periódicos mexicanos amanecieron con titulares que parecían firmar la sentencia: “Ayuso conquista el ridículo”, decía uno, con esa mezcla de humor negro y precisión quirúrgica que distingue a la prensa de este país. Porque si algo logró la visita fue unir a bandos opuestos en un mismo diagnóstico: la derecha española perdió la brújula, la izquierda española se avergonzó y México quedó como el anfitrión que ni siquiera tuvo que esforzarse para ganar la partida.
Lo notable del episodio no es que una política extranjera viniera a provocar y fracasara; eso ha pasado antes y pasará de nuevo. Lo notable es la velocidad con la que todos, incluidos los suyos, salieron a decir que no era con ellos. La visita fallida dejó una lección escrita con tinta invisible: en la diplomacia, como en el ajedrez, no cuenta el ruido que haces al mover la pieza, sino la posición en que la dejas. Ayuso movió su torre al borde del tablero, y su propio equipo respondió alejando el tablero.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

