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Impersonal — 10 de junio de 2026

por Opinia Lab
10 junio, 2026

Impersonal

La realidad vista desde el espejo retrovisor

10 de junio de 2026

El Mundial 2026 empieza hoy en México, y lo único que corre más rápido que un delantero es la hipocresía de los políticos colgándose del balón para tapar los huecos del país. La ultraderecha ya se frota las manos, los gringos nos ponen alertas de seguridad como si fuéramos una app de citas fallida, y la CNTE amenaza con protestar en la inauguración —porque nada dice “festejo patrio” como un plantón frente al estadio. ¿Vamos a celebrar el deporte o a competir por ver quién simula mejor?

Mientras en las tribunas se corea el “¡Sí se puede!”, en las calles de Ciudad Juárez rescatan a siete víctimas de trata y detienen a cuatro—la misma cifra que un equipo de futbol, pero con un marcador muy distinto. El gobierno morena defiende los “abrazos, no balazos” ante la Corte Penal Internacional, como si la comunidad internacional fuera un árbitro que se deja engañar con una patada voladora. Y en Chihuahua, Andrea Chávez sueña con ser gobernadora mientras la deuda pública crece más rápido que la economía, como un inflador que no para aunque el globo ya reviente.

Lo más divertido es ver a la ultraderecha mexicana usando el Mundial como bandera política, cual vendedor de playeras piratas que aparece solo cuando hay partido. Exigen seguridad, pero son los mismos que justifican cualquier violencia si viene de su lado. Y del otro lado, el senador Adán Augusto ve cómo su visa se esfuma por el huachicol—un penalti que nadie esperaba, ni siquiera en el área chica de la política. El país entero está en tiempo de compensación, pero nadie sabe cuándo termina el partido.

La realidad, vista desde el espejo retrovisor, es que siempre llegamos tarde al gol. Cuando nos damos cuenta del saqueo, la deuda ya nos ganó por goleada. Cuando celebramos un Mundial, olvidamos que el estadio está construido sobre fosas comunes de impunidad. Lo único que no cambia es la afición: siempre lista para corear, siempre dispuesta a olvidar que el verdadero partido se juega cada día en las calles, sin VAR, sin árbitros, y con un marcador que nunca está a nuestro favor.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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Mientras en las tribunas se corea el “¡Sí se puede!”, en las calles de Ciudad Juárez rescatan a siete víctimas de trata y detienen a cuatro—la misma cifra que un equipo de futbol, pero con un marcador muy distinto. El gobierno morena defiende los “abrazos, no balazos” ante la Corte Penal Internacional, como si la comunidad internacional fuera un árbitro que se deja engañar con una patada voladora. Y en Chihuahua, Andrea Chávez sueña con ser gobernadora mientras la deuda pública crece más rápido que la economía, como un inflador que no para aunque el globo ya reviente.

Lo más divertido es ver a la ultraderecha mexicana usando el Mundial como bandera política, cual vendedor de playeras piratas que aparece solo cuando hay partido. Exigen seguridad, pero son los mismos que justifican cualquier violencia si viene de su lado. Y del otro lado, el senador Adán Augusto ve cómo su visa se esfuma por el huachicol—un penalti que nadie esperaba, ni siquiera en el área chica de la política. El país entero está en tiempo de compensación, pero nadie sabe cuándo termina el partido.

La realidad, vista desde el espejo retrovisor, es que siempre llegamos tarde al gol. Cuando nos damos cuenta del saqueo, la deuda ya nos ganó por goleada. Cuando celebramos un Mundial, olvidamos que el estadio está construido sobre fosas comunes de impunidad. Lo único que no cambia es la afición: siempre lista para corear, siempre dispuesta a olvidar que el verdadero partido se juega cada día en las calles, sin VAR, sin árbitros, y con un marcador que nunca está a nuestro favor.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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