Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
3 de julio de 2026
Los funcionarios llegaron con tablets y chalecos reflectantes el martes pasado. Explicaron que solo los productores registrados en el padrón nacional podían acceder al subsidio. Don Toño levantó la mano: “Llevo treinta años sembrando, ¿y no estoy en su lista?” El joven de la tablet parpadeó, deslizó el dedo y dijo: “No aparece, señor. Tiene que inscribirse en línea”. En línea. Aquí donde la señal llega solo si subes al cerro y levantas el teléfono como si rezaras.
Al mediodía, el sol calienta los surcos y las promesas se desvanecen. Los campesinos se reúnen bajo el techado de lámina. Alguien saca una calculadora. Con el programa, el kilo de maíz se pagaría a 7 pesos. Sin programa, el coyote les ofrece 3.50. Pero el coyote no pide CURP ni comprobante de domicilio. El coyote llega en camioneta y se lleva el costal sin hacer preguntas.
Doña Chole, que siembra en una hectárea prestada, dice que es “puro teatro”. Su nieto, que estudia en la ciudad, le explicó que el gobierno dice una cosa y hace otra. “Como las placas nuevas del PVEM”, dice alguien. Otro se ríe: “Esas placas son propaganda, pero ellos dicen que no”. El absurdo tiene muchas caras.
El Imparcial publicó que la importación de maíz aumentó un 15% este año. Mientras el programa excluye a los pequeños, los silos de Estados Unidos se vacían hacia México. Don Toño agarra una mazorca, la deshoja, y los granos caen como cuentas de un rosario roto. “Precio Justo”, vuelve a decir, pero ahora con un tono que no es risa. Es el crujido de la tierra seca que no entiende de escritorios ni de algoritmos.
Al caer la tarde, los campesinos guardan sus herramientas. La única certeza es que el maíz no espera. La política, esa sí, tiene tiempo para el ridículo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
3 de julio de 2026
Los funcionarios llegaron con tablets y chalecos reflectantes el martes pasado. Explicaron que solo los productores registrados en el padrón nacional podían acceder al subsidio. Don Toño levantó la mano: “Llevo treinta años sembrando, ¿y no estoy en su lista?” El joven de la tablet parpadeó, deslizó el dedo y dijo: “No aparece, señor. Tiene que inscribirse en línea”. En línea. Aquí donde la señal llega solo si subes al cerro y levantas el teléfono como si rezaras.
Al mediodía, el sol calienta los surcos y las promesas se desvanecen. Los campesinos se reúnen bajo el techado de lámina. Alguien saca una calculadora. Con el programa, el kilo de maíz se pagaría a 7 pesos. Sin programa, el coyote les ofrece 3.50. Pero el coyote no pide CURP ni comprobante de domicilio. El coyote llega en camioneta y se lleva el costal sin hacer preguntas.
Doña Chole, que siembra en una hectárea prestada, dice que es “puro teatro”. Su nieto, que estudia en la ciudad, le explicó que el gobierno dice una cosa y hace otra. “Como las placas nuevas del PVEM”, dice alguien. Otro se ríe: “Esas placas son propaganda, pero ellos dicen que no”. El absurdo tiene muchas caras.
El Imparcial publicó que la importación de maíz aumentó un 15% este año. Mientras el programa excluye a los pequeños, los silos de Estados Unidos se vacían hacia México. Don Toño agarra una mazorca, la deshoja, y los granos caen como cuentas de un rosario roto. “Precio Justo”, vuelve a decir, pero ahora con un tono que no es risa. Es el crujido de la tierra seca que no entiende de escritorios ni de algoritmos.
Al caer la tarde, los campesinos guardan sus herramientas. La única certeza es que el maíz no espera. La política, esa sí, tiene tiempo para el ridículo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

