Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
29 de junio de 2026
El secretario de Agricultura, Julio Berdegué, había prometido desde Palacio Nacional que el programa garantizaría un pago digno a los pequeños productores de maíz blanco. Pero en los papeles del Diario Oficial, los requisitos eran tan finos como el hilo de una mazorca seca. Para acceder al precio de garantía, el productor debía estar registrado en un padrón que, según los líderes campesinos, dejaba fuera a más de dos millones de personas. “Es un programa para la foto, no para la siembra”, comentó doña Lucha, que vende tortillas en la plaza de Jalpa desde que recuerda.
Las cifras oficiales mostraban un récord histórico en la importación de maíz. Los barcos llegaban a Veracruz cargados de grano amarillo de Estados Unidos, mientras en los silos mexicanos el maíz blanco se pudría por falta de compradores. En la asamblea ejidal de Nochistlán, los campesinos levantaron las manos para acordar una protesta. “Nos prometieron precio justo y nos dan puro cuento”, dijo un hombre de sombrero viejo que sostenía una mazorca como si fuera un puñal.
El absurdo no era solo económico, sino de lógica. El gobierno gastaba millones en subsidios para importar lo que el país podía producir, mientras los campesinos veían sus cosechas sin salida. En las calles de la Ciudad de México, las nuevas placas vehiculares aparecían con un diseño verde que el PRI llamó propaganda electoral del PVEM. Pero en el campo, nadie hablaba de placas. Hablaban de precio y de hambre.
Don Efraín, en su parcela, recordó el refrán de su abuelo: “El maíz no miente”. Y mientras el sol caía sobre las milpas, supo que el mayor absurdo no era el programa, sino seguir creyendo que alguien allá arriba iba a escuchar el crujido de los elotes secándose en la tierra.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
29 de junio de 2026
El secretario de Agricultura, Julio Berdegué, había prometido desde Palacio Nacional que el programa garantizaría un pago digno a los pequeños productores de maíz blanco. Pero en los papeles del Diario Oficial, los requisitos eran tan finos como el hilo de una mazorca seca. Para acceder al precio de garantía, el productor debía estar registrado en un padrón que, según los líderes campesinos, dejaba fuera a más de dos millones de personas. “Es un programa para la foto, no para la siembra”, comentó doña Lucha, que vende tortillas en la plaza de Jalpa desde que recuerda.
Las cifras oficiales mostraban un récord histórico en la importación de maíz. Los barcos llegaban a Veracruz cargados de grano amarillo de Estados Unidos, mientras en los silos mexicanos el maíz blanco se pudría por falta de compradores. En la asamblea ejidal de Nochistlán, los campesinos levantaron las manos para acordar una protesta. “Nos prometieron precio justo y nos dan puro cuento”, dijo un hombre de sombrero viejo que sostenía una mazorca como si fuera un puñal.
El absurdo no era solo económico, sino de lógica. El gobierno gastaba millones en subsidios para importar lo que el país podía producir, mientras los campesinos veían sus cosechas sin salida. En las calles de la Ciudad de México, las nuevas placas vehiculares aparecían con un diseño verde que el PRI llamó propaganda electoral del PVEM. Pero en el campo, nadie hablaba de placas. Hablaban de precio y de hambre.
Don Efraín, en su parcela, recordó el refrán de su abuelo: “El maíz no miente”. Y mientras el sol caía sobre las milpas, supo que el mayor absurdo no era el programa, sino seguir creyendo que alguien allá arriba iba a escuchar el crujido de los elotes secándose en la tierra.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

