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Impersonal — 20 de julio de 2026 | Edicion para el cafe

por Opinia Lab
20 julio, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

20 de julio de 2026

En un bar de la Roma, la tele mostraba a un chileno encorbatado diciendo “México no castiga, ellos fallaron” y por un momento todos los comensales dejaron de masticar para ver quién diablos era “ellos”.

El tipo se llamaba Gonzalo Valenzuela, según el letrero en la pantalla de Prime Video, aunque bien pudo haber sido un robot con bigote y acento de Santiago. Acababa de poner en su lugar a Honduras y Argentina en un solo párrafo, sin despeinarse el fleco. La frase completa, dicha con una calma que helaba las micheladas, fue un epitafio para cualquier discusión de cantina: “México no castiga, ellos fallaron”.

Valenzuela no hablaba de narcos, ni de política, ni de la visita fallida de una presidenta autonómica que ya le había dado la vuelta al mundo. Hablaba de futbol, sí, pero el futbol en México ya es una metáfora de todo lo demás. La selección mexicana acababa de quedar eliminada del Mundial 2026 —ese Mundial que debía ser la redención— y el chileno, con la sangre fría de quien saborea un pisco sour, desmenuzó la derrota: no fue culpa del árbitro, ni del VAR, ni de la altura. Fue culpa de los jugadores, que fallaron. “México no castiga”, repitió, y la frase sonó a diagnóstico nacional.

A mi lado, un señor con camisa de la Selección apretó el vaso. “Nos están viendo la cara”, dijo. Pero nadie le hizo caso. Porque lo más absurdo no era que un chileno viniera a dar cátedra de autocrítica, sino que su lógica era impecable: en un país donde cada tropiezo se justifica con conspiraciones, apareció un extranjero para recordar que a veces lo único que pasa es que la pelota no entró.

Afuera, en la calle, el aire olía a gasolina y a trompetas lejanas. Alguien había puesto un altar con una playera del Tri y una vela, como si la eliminación hubiera sido una muerte natural. El chileno seguía hablando, ahora comparando a México con equipos sudamericanos, y su voz salía del televisor como un sermón laico. “Ellos fallaron”, dijo, y la gente del bar asintió sin saber muy bien por qué.

La ironía es que mientras Valenzuela diseccionaba el fracaso deportivo, en otro canal debatían si una política española había venido a provocar o a disculparse. Pero nadie cambiaba de canal. Preferían escuchar a un chileno decirles la verdad, porque la verdad dicha con acento extranjero duele menos.

El mesero pasó con una bandeja de cacahuates y, al ver la pantalla, soltó: “Pinche chileno, pero tiene razón”. Y luego, más bajo: “Ojalá nos ganara el Mundial, aunque sea por default”. La televisión parpadeó con una repetición de un penal fallado. Valenzuela sonrió, como si supiera que su frase quedaría tatuada en la crónica de ese 20 de julio. Afuera, el tráfico rugía. México no castigaba, pero seguía fallando.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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El tipo se llamaba Gonzalo Valenzuela, según el letrero en la pantalla de Prime Video, aunque bien pudo haber sido un robot con bigote y acento de Santiago. Acababa de poner en su lugar a Honduras y Argentina en un solo párrafo, sin despeinarse el fleco. La frase completa, dicha con una calma que helaba las micheladas, fue un epitafio para cualquier discusión de cantina: “México no castiga, ellos fallaron”.

Valenzuela no hablaba de narcos, ni de política, ni de la visita fallida de una presidenta autonómica que ya le había dado la vuelta al mundo. Hablaba de futbol, sí, pero el futbol en México ya es una metáfora de todo lo demás. La selección mexicana acababa de quedar eliminada del Mundial 2026 —ese Mundial que debía ser la redención— y el chileno, con la sangre fría de quien saborea un pisco sour, desmenuzó la derrota: no fue culpa del árbitro, ni del VAR, ni de la altura. Fue culpa de los jugadores, que fallaron. “México no castiga”, repitió, y la frase sonó a diagnóstico nacional.

A mi lado, un señor con camisa de la Selección apretó el vaso. “Nos están viendo la cara”, dijo. Pero nadie le hizo caso. Porque lo más absurdo no era que un chileno viniera a dar cátedra de autocrítica, sino que su lógica era impecable: en un país donde cada tropiezo se justifica con conspiraciones, apareció un extranjero para recordar que a veces lo único que pasa es que la pelota no entró.

Afuera, en la calle, el aire olía a gasolina y a trompetas lejanas. Alguien había puesto un altar con una playera del Tri y una vela, como si la eliminación hubiera sido una muerte natural. El chileno seguía hablando, ahora comparando a México con equipos sudamericanos, y su voz salía del televisor como un sermón laico. “Ellos fallaron”, dijo, y la gente del bar asintió sin saber muy bien por qué.

La ironía es que mientras Valenzuela diseccionaba el fracaso deportivo, en otro canal debatían si una política española había venido a provocar o a disculparse. Pero nadie cambiaba de canal. Preferían escuchar a un chileno decirles la verdad, porque la verdad dicha con acento extranjero duele menos.

El mesero pasó con una bandeja de cacahuates y, al ver la pantalla, soltó: “Pinche chileno, pero tiene razón”. Y luego, más bajo: “Ojalá nos ganara el Mundial, aunque sea por default”. La televisión parpadeó con una repetición de un penal fallado. Valenzuela sonrió, como si supiera que su frase quedaría tatuada en la crónica de ese 20 de julio. Afuera, el tráfico rugía. México no castigaba, pero seguía fallando.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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