Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de julio de 2026
Eran las siete de la noche cuando el tipo apareció en la pantalla. Podría haber sido un profesor de geografía, pero era el técnico de la selección chilena, y acababa de meterle tres goles a Honduras en un Mundial que nadie esperaba que fuera suyo. La sala de prensa del Estadio Azteca olía a sudor y a promesas rotas. Los periodistas argentinos y hondureños se movían como boxeadores aturdidos. El chileno, en cambio, se sentó con la calma de quien sabe que su país produce vino y no excusas.
—México no castiga —dijo, y la frase quedó flotando como el humo de un cigarro—. Ellos fallaron.
Nadie pidió aclaración. Bastaba mirar la tabla. Honduras había llegado con once jugadores y salió con once dudas. Argentina, que había ganado la primera vuelta, se encontró de repente con un espejo que le devolvía la cara de Messi envejecida y sin Mundial. El chileno no sonreía; solo observaba, como el dueño de una ferretería que ve a un cliente devolver un tornillo equivocado.
En las gradas, un grupo de aficionados chilenos ondeaba una bandera con un loro pintado. “México no castiga, ellos fallaron”, coreaban, mientras los comentaristas buscaban culpables en el banquillo rival. Pero la verdad era más simple: el fútbol, como las buenas novelas, a veces prefiere la ironía al drama.
Afuera, en la explanada de la Ciudad Universitaria, vendedores ambulantes ofrecían playeras con la leyenda “Ayuso y Chile: dos visitas, dos ridículos”. Porque la misma semana que una presidenta autonómica española intentaba hacer campaña en la Catedral Metropolitana y terminaba pidiendo disculpas, un chileno cualquiera llegaba, ganaba y se iba sin más equipaje que una frase.
—Ellos fallaron.
La declaración, repetida en todos los noticieros, sonaba a epitafio para una selección que prometió el cielo y terminó en el purgatorio de las eliminatorias. Pero también a recordatorio: en el futbol, como en la política, cuando fallas, el castigo no viene del rival, sino del marcador.
El chileno se levantó, agradeció con un gesto seco y salió rumbo al camión. Detrás de él, las pantallas del estadio repetían la jugada del segundo gol: un pase filtrado, un remate cruzado, y el portero hondureño viendo la pelota pasar como quien observa un meteorito. Nadie dijo nada más. Porque a veces el absurdo no necesita gritos: se instala solo, en forma de resultado, y se queda a vivir.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de julio de 2026
Eran las siete de la noche cuando el tipo apareció en la pantalla. Podría haber sido un profesor de geografía, pero era el técnico de la selección chilena, y acababa de meterle tres goles a Honduras en un Mundial que nadie esperaba que fuera suyo. La sala de prensa del Estadio Azteca olía a sudor y a promesas rotas. Los periodistas argentinos y hondureños se movían como boxeadores aturdidos. El chileno, en cambio, se sentó con la calma de quien sabe que su país produce vino y no excusas.
—México no castiga —dijo, y la frase quedó flotando como el humo de un cigarro—. Ellos fallaron.
Nadie pidió aclaración. Bastaba mirar la tabla. Honduras había llegado con once jugadores y salió con once dudas. Argentina, que había ganado la primera vuelta, se encontró de repente con un espejo que le devolvía la cara de Messi envejecida y sin Mundial. El chileno no sonreía; solo observaba, como el dueño de una ferretería que ve a un cliente devolver un tornillo equivocado.
En las gradas, un grupo de aficionados chilenos ondeaba una bandera con un loro pintado. “México no castiga, ellos fallaron”, coreaban, mientras los comentaristas buscaban culpables en el banquillo rival. Pero la verdad era más simple: el fútbol, como las buenas novelas, a veces prefiere la ironía al drama.
Afuera, en la explanada de la Ciudad Universitaria, vendedores ambulantes ofrecían playeras con la leyenda “Ayuso y Chile: dos visitas, dos ridículos”. Porque la misma semana que una presidenta autonómica española intentaba hacer campaña en la Catedral Metropolitana y terminaba pidiendo disculpas, un chileno cualquiera llegaba, ganaba y se iba sin más equipaje que una frase.
—Ellos fallaron.
La declaración, repetida en todos los noticieros, sonaba a epitafio para una selección que prometió el cielo y terminó en el purgatorio de las eliminatorias. Pero también a recordatorio: en el futbol, como en la política, cuando fallas, el castigo no viene del rival, sino del marcador.
El chileno se levantó, agradeció con un gesto seco y salió rumbo al camión. Detrás de él, las pantallas del estadio repetían la jugada del segundo gol: un pase filtrado, un remate cruzado, y el portero hondureño viendo la pelota pasar como quien observa un meteorito. Nadie dijo nada más. Porque a veces el absurdo no necesita gritos: se instala solo, en forma de resultado, y se queda a vivir.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

