Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
3 de agosto de 2026
La escena tuvo algo de película de Buñuel, de esas donde el personaje principal insiste en hablar mientras todos desvían la mirada. Ayuso cruzó el Atlántico con la idea de plantar bandera ideológica en territorio ajeno, pero la bandera le quedó chueca. El gobierno de España, liderado por el socialismo, tuvo que desmarcarse con un comunicado que parecía escrito por un padre que descubre a su hija haciendo berrinche en casa ajena: no nos representa, no fue nuestra idea, ya pedimos disculpas.
En Madrid, la izquierda local no se quedó atrás. Pidió perdón a Sheinbaum por el ridículo cometido, como quien limpia la mancha que dejó un invitado molesto. Y la presidenta mexicana, con esa calma de quien ha visto tantos shows que ya nada la sorprende, respondió con la única palabra que encaja: absurdo. Absurdo el viaje, absurda la provocación, absurdo que alguien crea que puede venir a dar lecciones a un país que ya se cansó de recibirlas.
Lo que siguió fue un festival de culpas cruzadas. El PAN, desde la oposición, aprovechó para decir que Morena va en picada y llamó ridícula a la marcha de Chihuahua —porque en México también sabemos hacer teatro político con la misma dignidad que un actor de serie B. Mientras tanto, en la otra orilla del mundo digital, un periodista dominicano era coronado como presidente del absurdo por una cuenta de redes sociales, y el fútbol nos recordaba que hasta la pelota puede ser excusa para la pelea entre naciones.
Pero la imagen que se queda no es la de las declaraciones ni los comunicados. Es la de Ayuso bajando del avión con la sonrisa de quien cree tener la razón absoluta, mientras a sus espaldas un país entero se encogía de hombros. Porque hay visitas que traspasan fronteras, y hay visitas que solo traspasan el ridículo. La de hoy fue de las segundas, aunque nadie en Madrid quiera aceptarlo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
3 de agosto de 2026
La escena tuvo algo de película de Buñuel, de esas donde el personaje principal insiste en hablar mientras todos desvían la mirada. Ayuso cruzó el Atlántico con la idea de plantar bandera ideológica en territorio ajeno, pero la bandera le quedó chueca. El gobierno de España, liderado por el socialismo, tuvo que desmarcarse con un comunicado que parecía escrito por un padre que descubre a su hija haciendo berrinche en casa ajena: no nos representa, no fue nuestra idea, ya pedimos disculpas.
En Madrid, la izquierda local no se quedó atrás. Pidió perdón a Sheinbaum por el ridículo cometido, como quien limpia la mancha que dejó un invitado molesto. Y la presidenta mexicana, con esa calma de quien ha visto tantos shows que ya nada la sorprende, respondió con la única palabra que encaja: absurdo. Absurdo el viaje, absurda la provocación, absurdo que alguien crea que puede venir a dar lecciones a un país que ya se cansó de recibirlas.
Lo que siguió fue un festival de culpas cruzadas. El PAN, desde la oposición, aprovechó para decir que Morena va en picada y llamó ridícula a la marcha de Chihuahua —porque en México también sabemos hacer teatro político con la misma dignidad que un actor de serie B. Mientras tanto, en la otra orilla del mundo digital, un periodista dominicano era coronado como presidente del absurdo por una cuenta de redes sociales, y el fútbol nos recordaba que hasta la pelota puede ser excusa para la pelea entre naciones.
Pero la imagen que se queda no es la de las declaraciones ni los comunicados. Es la de Ayuso bajando del avión con la sonrisa de quien cree tener la razón absoluta, mientras a sus espaldas un país entero se encogía de hombros. Porque hay visitas que traspasan fronteras, y hay visitas que solo traspasan el ridículo. La de hoy fue de las segundas, aunque nadie en Madrid quiera aceptarlo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

