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Impersonal — 2 de agosto de 2026 | Edición para el café

por Opinia Lab
4 agosto, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

2 de agosto de 2026

La presidenta Sheinbaum miró a los reporteros y soltó la palabra que hoy gobierna el país: “absurdo”. No una, sino dos veces, con la paciencia de quien explica lo obvio en un mundo que parece empeñado en negarlo.

El salón de conferencias de Palacio Nacional tenía esa temperatura de siempre: la de las luces de televisión y el aire acondicionado peleándose. Los periodistas esperaban, con sus preguntas escritas en libretas y sus celulares en guardia. Cuando el tema del reportero salió a flote —ese caso Casar que en los pasillos se repetía como un eco sin cuerpo—, Sheinbaum no dudó. Inclinó la cabeza, como quien sostiene una verdad muy pesada, y dijo que sancionar a un periodista sería absurdo. No un error, ni un exceso, ni una medida discutible. Absurdo. La palabra cayó en la mesa y nadie la recogió porque no hacía falta: ya estaba dicha.

Pero la mañanera no terminó ahí. Alguien preguntó por el voto femenino, por esa idea que ronda otras latitudes de eliminarlo. La presidenta volvió a usar la misma palabra, con un tono que mezclaba la molestia y la incredulidad. “Es absurdo y regresivo”, dijo, y el adjetivo se enganchó al tema como un imán. Dos veces el mismo diagnóstico, dos veces la misma medicina: la razón como antídoto contra la tontería.

Quien haya estado en una conferencia de prensa presidencial sabe que el tiempo se estira distinto. Hay preguntas que incomodan, respuestas que esquivan, y de vez en cuando un momento en que la autoridad baja el teléfono y dice algo rotundo. Eso pasó ayer. No fue un anuncio, ni un dato, ni una cifra. Fue un veredicto: lo absurdo es no verlo.

Afuera, en la ciudad, las noticias corrían con otras palabras al frente: provocaciones, visitas fallidas, marchas calificadas de ridículas. Pero dentro de Palacio Nacional, la escena era otra. Una mujer con el atril enfrente, explicando que castigar a un reportero es un sinsentido y que quitarle el voto a las mujeres es un retroceso. Dos ideas tan simples que nadie debería tener que decirlas en voz alta. Y sin embargo, ahí estaban, dichas con esa naturalidad que adquieren las verdades cuando pasan por la boca de alguien que no necesita convencer, solo recordar.

La luz de las cámaras seguía encendida, los reporteros anotaban, y la palabra absurdo flotaba en el aire como una advertencia. Porque cuando lo ilógico empieza a repetirse como si fuera normal, alguien tiene que nombrarlo. Ella lo nombró. Y el país, distraído entre provocaciones y espectáculos, apenas si levantó la vista.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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El salón de conferencias de Palacio Nacional tenía esa temperatura de siempre: la de las luces de televisión y el aire acondicionado peleándose. Los periodistas esperaban, con sus preguntas escritas en libretas y sus celulares en guardia. Cuando el tema del reportero salió a flote —ese caso Casar que en los pasillos se repetía como un eco sin cuerpo—, Sheinbaum no dudó. Inclinó la cabeza, como quien sostiene una verdad muy pesada, y dijo que sancionar a un periodista sería absurdo. No un error, ni un exceso, ni una medida discutible. Absurdo. La palabra cayó en la mesa y nadie la recogió porque no hacía falta: ya estaba dicha.

Pero la mañanera no terminó ahí. Alguien preguntó por el voto femenino, por esa idea que ronda otras latitudes de eliminarlo. La presidenta volvió a usar la misma palabra, con un tono que mezclaba la molestia y la incredulidad. “Es absurdo y regresivo”, dijo, y el adjetivo se enganchó al tema como un imán. Dos veces el mismo diagnóstico, dos veces la misma medicina: la razón como antídoto contra la tontería.

Quien haya estado en una conferencia de prensa presidencial sabe que el tiempo se estira distinto. Hay preguntas que incomodan, respuestas que esquivan, y de vez en cuando un momento en que la autoridad baja el teléfono y dice algo rotundo. Eso pasó ayer. No fue un anuncio, ni un dato, ni una cifra. Fue un veredicto: lo absurdo es no verlo.

Afuera, en la ciudad, las noticias corrían con otras palabras al frente: provocaciones, visitas fallidas, marchas calificadas de ridículas. Pero dentro de Palacio Nacional, la escena era otra. Una mujer con el atril enfrente, explicando que castigar a un reportero es un sinsentido y que quitarle el voto a las mujeres es un retroceso. Dos ideas tan simples que nadie debería tener que decirlas en voz alta. Y sin embargo, ahí estaban, dichas con esa naturalidad que adquieren las verdades cuando pasan por la boca de alguien que no necesita convencer, solo recordar.

La luz de las cámaras seguía encendida, los reporteros anotaban, y la palabra absurdo flotaba en el aire como una advertencia. Porque cuando lo ilógico empieza a repetirse como si fuera normal, alguien tiene que nombrarlo. Ella lo nombró. Y el país, distraído entre provocaciones y espectáculos, apenas si levantó la vista.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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