Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de junio de 2026
Si Carlos Monsiváis levantara la cabeza, pediría derechos de autor por el escándalo que han armado con sus palabras de hace décadas. Una entrevista suya del 2008 —año de la crisis, del calentamiento global y del primer grito de «ya bájenle»— hoy incendia los pasillos del poder. Lo que dijo el cronista sobre el PRI, la izquierda y las piñatas políticas resulta que sigue vigente, como el olor a humedad en una colonia popular. Lo curioso es que los mismos que ahora se rasgan las vestiduras son los que juran leer a Monsiváis en el Metro. ¿Tanto miedo le tienen a un muerto?
La verdad es que el país no necesita más partidos políticos —aunque el INE acaba de aprobar cuatro nuevos, como quien autoriza puestos de chicles en un estadio vacío— sino más memoria. Porque mientras los funcionarios se escandalizan por lo que dijo don Carlos hace 18 años, los agentes de la DEA andan haciendo llamadas a políticos mexicanos para que se acusen entre ellos, como en un reality show de la Casa Blanca. Y el gobierno, con toda la seriedad del mundo, nos informa que la información sobre la incursión de la CIA en Chihuahua será reservada por cinco años. Claro, porque la transparencia es como la honestidad del político: se presume, pero no se toca.
Mientras tanto, en Ciudad Juárez el Crematorio Plenitud sigue siendo un hoyo negro donde 131 cuerpos esperan nombre. Las familias marchan, las autoridades prometen, y el viento se lleva las cenizas. Un año después, la impunidad tiene posada fija. Y en Venezuela, los terremotos han dejado más de mil cuatrocientos muertos. México se moviliza para enviar ayuda, porque al fin y al cabo sabemos lo que es que el suelo se abra y el mundo mire para otro lado. Pero también sabemos que el cinismo no cura heridas, solo las hace más visibles en el espejo retrovisor.
La realidad es que este país tiene la memoria corta y el odio largo. Nos alborotamos por una entrevista vieja, pero olvidamos que en Chihuahua hay una planta de Heineken que presume de usar poca agua —como si fuera un trofeo— mientras en la sierra los enfrentamientos dejan cuerpos calcinados y el Gobernador busca candidato entre morenos que se disputan el hueso. Y la economía, dice Banxico, está en un balance delicado. Delicado es poco: parece paciente de terapia intensiva que no puede pagar la cuenta.
Y en medio de todo, la marcha del Orgullo pinta de colores la Ciudad de México. Se celebra la diversidad, se vende cerveza, se impulsa la economía. Nada más mexicano que convertir la lucha por los derechos en un espectáculo de consumo. Pero al menos hay risas, banderas y un respiro entre tanto muerto. Porque si no fuera por el humor, nos tragaría la bilis.
Al final del día, mirar por el espejo retrovisor no es nostalgia: es supervivencia. Porque solo viendo lo que dejamos atrás tenemos chances de no estrellarnos otra vez contra el mismo muro. Pero lo que vemos siempre es la misma carretera, los mismos baches, los mismos cadáveres en la cuneta. Y el conductor, como siempre, va borracho.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de junio de 2026
Si Carlos Monsiváis levantara la cabeza, pediría derechos de autor por el escándalo que han armado con sus palabras de hace décadas. Una entrevista suya del 2008 —año de la crisis, del calentamiento global y del primer grito de «ya bájenle»— hoy incendia los pasillos del poder. Lo que dijo el cronista sobre el PRI, la izquierda y las piñatas políticas resulta que sigue vigente, como el olor a humedad en una colonia popular. Lo curioso es que los mismos que ahora se rasgan las vestiduras son los que juran leer a Monsiváis en el Metro. ¿Tanto miedo le tienen a un muerto?
La verdad es que el país no necesita más partidos políticos —aunque el INE acaba de aprobar cuatro nuevos, como quien autoriza puestos de chicles en un estadio vacío— sino más memoria. Porque mientras los funcionarios se escandalizan por lo que dijo don Carlos hace 18 años, los agentes de la DEA andan haciendo llamadas a políticos mexicanos para que se acusen entre ellos, como en un reality show de la Casa Blanca. Y el gobierno, con toda la seriedad del mundo, nos informa que la información sobre la incursión de la CIA en Chihuahua será reservada por cinco años. Claro, porque la transparencia es como la honestidad del político: se presume, pero no se toca.
Mientras tanto, en Ciudad Juárez el Crematorio Plenitud sigue siendo un hoyo negro donde 131 cuerpos esperan nombre. Las familias marchan, las autoridades prometen, y el viento se lleva las cenizas. Un año después, la impunidad tiene posada fija. Y en Venezuela, los terremotos han dejado más de mil cuatrocientos muertos. México se moviliza para enviar ayuda, porque al fin y al cabo sabemos lo que es que el suelo se abra y el mundo mire para otro lado. Pero también sabemos que el cinismo no cura heridas, solo las hace más visibles en el espejo retrovisor.
La realidad es que este país tiene la memoria corta y el odio largo. Nos alborotamos por una entrevista vieja, pero olvidamos que en Chihuahua hay una planta de Heineken que presume de usar poca agua —como si fuera un trofeo— mientras en la sierra los enfrentamientos dejan cuerpos calcinados y el Gobernador busca candidato entre morenos que se disputan el hueso. Y la economía, dice Banxico, está en un balance delicado. Delicado es poco: parece paciente de terapia intensiva que no puede pagar la cuenta.
Y en medio de todo, la marcha del Orgullo pinta de colores la Ciudad de México. Se celebra la diversidad, se vende cerveza, se impulsa la economía. Nada más mexicano que convertir la lucha por los derechos en un espectáculo de consumo. Pero al menos hay risas, banderas y un respiro entre tanto muerto. Porque si no fuera por el humor, nos tragaría la bilis.
Al final del día, mirar por el espejo retrovisor no es nostalgia: es supervivencia. Porque solo viendo lo que dejamos atrás tenemos chances de no estrellarnos otra vez contra el mismo muro. Pero lo que vemos siempre es la misma carretera, los mismos baches, los mismos cadáveres en la cuneta. Y el conductor, como siempre, va borracho.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

