Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
25 de junio de 2026
En el aeropuerto de Ciudad de México, el 24 de junio de 2026, Isabel Díaz Ayuso bajó del avión con la sonrisa de quien cree que va a inaugurar una sucursal de la hispanidad. La recibieron mantillas virtuales y tuits de resistencia, pero sobre todo un silencio institucional que parecía decir: “Mira, no te vamos a hacer caso”. Horas después, desde su cuenta de X —antes Twitter—, Ayuso soltó una pulla sobre la “dictadura progresista” de López Obrador, sin calcular que el humor político mexicano es más afilado que un cuchillo de cocina.
En Madrid, la respuesta no tardó. Óscar López, ministro de Transformación Digital, la calificó de “hacer el ridículo” en un comunicado que parecía redactado entre risas. Pero el detalle más absurdo llegó desde la izquierda madrileña: un grupo de diputados autonómicos preparó una carta de disculpa dirigida a Claudia Sheinbaum y al pueblo de México. “Lamentamos profundamente el espectáculo bochornoso de nuestra paisana”, decía el borrador. La ironía era que la derecha española se quejaba de que la izquierda se disculpara, mientras la izquierda se quejaba de tener que hacerlo.
El PAN mexicano, por su parte, aprovechó para gritar que Morena “va en picada”, pero el verdadero circo estaba en esa carta que viajaba de Madrid a Palacio Nacional. Unos pedían perdón por ella, otros la defendían, y Sheinbaum —según fuentes del gobierno— simplemente archivó la misiva con una sonrisa y un café de olla. México ya había visto antes a políticos extranjeros creerse el ombligo del mundo; lo novedoso era que sus propios compatriotas les hicieran la cobranza.
En las calles de Madrid, mientras tanto, un taxista le comentaba a su pasajero: “Lo peor no es que haya ido a hacer el ridículo; lo peor es que encima nos obligue a pedir perdón”. El absurdo tenía patas cortas pero alcanzaba para dar la vuelta al Atlántico. Con cada declaración, Ayuso demostraba que el arte de la provocación se puede ejecutar en solitario, pero la factura siempre llega colectiva. Y México, ese país que ha visto de todo, simplemente tomó nota y siguió su camino, dejando a la española bailando sola en medio de la pista.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
25 de junio de 2026
En el aeropuerto de Ciudad de México, el 24 de junio de 2026, Isabel Díaz Ayuso bajó del avión con la sonrisa de quien cree que va a inaugurar una sucursal de la hispanidad. La recibieron mantillas virtuales y tuits de resistencia, pero sobre todo un silencio institucional que parecía decir: “Mira, no te vamos a hacer caso”. Horas después, desde su cuenta de X —antes Twitter—, Ayuso soltó una pulla sobre la “dictadura progresista” de López Obrador, sin calcular que el humor político mexicano es más afilado que un cuchillo de cocina.
En Madrid, la respuesta no tardó. Óscar López, ministro de Transformación Digital, la calificó de “hacer el ridículo” en un comunicado que parecía redactado entre risas. Pero el detalle más absurdo llegó desde la izquierda madrileña: un grupo de diputados autonómicos preparó una carta de disculpa dirigida a Claudia Sheinbaum y al pueblo de México. “Lamentamos profundamente el espectáculo bochornoso de nuestra paisana”, decía el borrador. La ironía era que la derecha española se quejaba de que la izquierda se disculpara, mientras la izquierda se quejaba de tener que hacerlo.
El PAN mexicano, por su parte, aprovechó para gritar que Morena “va en picada”, pero el verdadero circo estaba en esa carta que viajaba de Madrid a Palacio Nacional. Unos pedían perdón por ella, otros la defendían, y Sheinbaum —según fuentes del gobierno— simplemente archivó la misiva con una sonrisa y un café de olla. México ya había visto antes a políticos extranjeros creerse el ombligo del mundo; lo novedoso era que sus propios compatriotas les hicieran la cobranza.
En las calles de Madrid, mientras tanto, un taxista le comentaba a su pasajero: “Lo peor no es que haya ido a hacer el ridículo; lo peor es que encima nos obligue a pedir perdón”. El absurdo tenía patas cortas pero alcanzaba para dar la vuelta al Atlántico. Con cada declaración, Ayuso demostraba que el arte de la provocación se puede ejecutar en solitario, pero la factura siempre llega colectiva. Y México, ese país que ha visto de todo, simplemente tomó nota y siguió su camino, dejando a la española bailando sola en medio de la pista.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

