Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
12 de septiembre de 2026
Los cuerpos pasaron tres años en el Semefo. Tres años de esperar un nombre que nunca llegó. En Chihuahua ya suman más de cuatro mil desaparecidos, cifra que se dice rápido y cabe en un boletín, pero no en la garganta de una madre. Los enterraron en fila, como si el olvido fuera un trámite. Y mientras aquí contamos muertos sin identidad, allá en la frontera cortan listones y toman la foto.
El centinela es el símbolo perfecto de este país: ojo grande, memoria corta. Mira al que viene de fuera, no al que desaparece dentro. La torre se inaugura con autoridades extranjeras de testigo, porque para inaugurar hace falta quién aplauda; para llenar una fosa común basta el silencio. Un cuerpo sin nombre es la estadística más honesta que existe: el Estado sabe cuántos son y no sabe quiénes son. Sabe contar, pero no le interesa reconocer.
Y ahí está la economía real. Unos venden autos y aportan al producto interno; otros administran el negocio de la desaparición. Los programas sociales no endeudan al país, dicen. Tal vez. Pero lo que lo descapitaliza es esto: cuatro mil familias esperando una llamada que no va a llegar. El PIB no cuenta a los que están bajo tierra. Los cuenta como espacio ocupado.
Por eso conviene mirar el retrovisor. Ahí no se ve la torre nueva ni el discurso de la economía digital. Se ve un cuerpo esperando tres años un nombre. La realidad vista desde el espejo retrovisor es siempre la que ya no podemos corregir: nítida cuando es tarde. Un país que inaugura centinelas para no ver a sus muertos no mira al frente. Mira hacia otro lado, con la vista tan fija afuera que se le olvidó su propio suelo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
12 de septiembre de 2026
Los cuerpos pasaron tres años en el Semefo. Tres años de esperar un nombre que nunca llegó. En Chihuahua ya suman más de cuatro mil desaparecidos, cifra que se dice rápido y cabe en un boletín, pero no en la garganta de una madre. Los enterraron en fila, como si el olvido fuera un trámite. Y mientras aquí contamos muertos sin identidad, allá en la frontera cortan listones y toman la foto.
El centinela es el símbolo perfecto de este país: ojo grande, memoria corta. Mira al que viene de fuera, no al que desaparece dentro. La torre se inaugura con autoridades extranjeras de testigo, porque para inaugurar hace falta quién aplauda; para llenar una fosa común basta el silencio. Un cuerpo sin nombre es la estadística más honesta que existe: el Estado sabe cuántos son y no sabe quiénes son. Sabe contar, pero no le interesa reconocer.
Y ahí está la economía real. Unos venden autos y aportan al producto interno; otros administran el negocio de la desaparición. Los programas sociales no endeudan al país, dicen. Tal vez. Pero lo que lo descapitaliza es esto: cuatro mil familias esperando una llamada que no va a llegar. El PIB no cuenta a los que están bajo tierra. Los cuenta como espacio ocupado.
Por eso conviene mirar el retrovisor. Ahí no se ve la torre nueva ni el discurso de la economía digital. Se ve un cuerpo esperando tres años un nombre. La realidad vista desde el espejo retrovisor es siempre la que ya no podemos corregir: nítida cuando es tarde. Un país que inaugura centinelas para no ver a sus muertos no mira al frente. Mira hacia otro lado, con la vista tan fija afuera que se le olvidó su propio suelo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

