Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
11 de septiembre de 2026
En Madrid el día empezó con resaca diplomática. Una presidenta regional había cruzado el Atlántico con la intención de dar un discurso y, de paso, un golpe sobre la mesa mexicana. Volvió con las manos vacías y con una palabra pegada a la espalda: ridículo. El Gobierno español lo resumió con la frialdad de quien mira caer el vaso desde la otra esquina de la barra: fue a provocar y le salió mal.
Lo curioso no fue el tropiezo, sino quién salió a recoger los pedazos. Desde la izquierda madrileña empezaron a circular disculpas dirigidas a la presidenta Sheinbaum, como quien devuelve un plato que no pidió. En dos idiomas, en dos husos horarios, la misma frase: perdón por el espectáculo. La escena tenía algo de comedia de enredos: una visita que quería ser afrenta y terminó siendo, para sus propios anfitriones, una vergüenza que había que desactivar por la vía rápida.
Mientras tanto, más al norte, alguien decidió que Nuevo México ya no se llamaba así. Un mapa oficial borró siglos de pronunciación y puso encima un nombre nuevo, como se le cambia la etiqueta a un frasco sin mirar lo que contiene. Los residentes reaccionaron con esa mezcla de risa y cansancio de quien ya vio demasiadas cosas raras: es ridículo, es absurdo. Y tenían razón, aunque decirle absurdo a un mapa no lo devuelve a su sitio.
En Palacio Nacional, la palabra encontró su casa definitiva. Preguntada por una supuesta pugna con su antecesor, la presidenta contestó con esa calma de quien ya ensayó la respuesta antes de la pregunta: es absolutamente absurdo, ha sido sumamente respetuoso con nuestro Gobierno. Minutos después, sobre el otro tema que le pusieron enfrente, sentenció que sancionar a un reportero sería absurdo. Dos veces en la misma mañana, la misma palabra, usada como escudo, como excusa y como diagnóstico.
Así transcurrió el día: un avión que regresó con las manos vacías, unos mapas que renombran lo que ya estaba nombrado, una sala de prensa donde el adverbio “absolutamente” hacía de muro de contención. Nadie gritó, nadie rompió nada. Todo se resolvió con la palabra más cómoda del diccionario político, esa que sirve para no explicar nada y salir limpio.
Queda la duda de siempre: cuando tantos adversarios coinciden en que algo es absurdo, ¿será que el mundo se volvió irracional, o que la palabra ya es lo único que queda por decir?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
11 de septiembre de 2026
En Madrid el día empezó con resaca diplomática. Una presidenta regional había cruzado el Atlántico con la intención de dar un discurso y, de paso, un golpe sobre la mesa mexicana. Volvió con las manos vacías y con una palabra pegada a la espalda: ridículo. El Gobierno español lo resumió con la frialdad de quien mira caer el vaso desde la otra esquina de la barra: fue a provocar y le salió mal.
Lo curioso no fue el tropiezo, sino quién salió a recoger los pedazos. Desde la izquierda madrileña empezaron a circular disculpas dirigidas a la presidenta Sheinbaum, como quien devuelve un plato que no pidió. En dos idiomas, en dos husos horarios, la misma frase: perdón por el espectáculo. La escena tenía algo de comedia de enredos: una visita que quería ser afrenta y terminó siendo, para sus propios anfitriones, una vergüenza que había que desactivar por la vía rápida.
Mientras tanto, más al norte, alguien decidió que Nuevo México ya no se llamaba así. Un mapa oficial borró siglos de pronunciación y puso encima un nombre nuevo, como se le cambia la etiqueta a un frasco sin mirar lo que contiene. Los residentes reaccionaron con esa mezcla de risa y cansancio de quien ya vio demasiadas cosas raras: es ridículo, es absurdo. Y tenían razón, aunque decirle absurdo a un mapa no lo devuelve a su sitio.
En Palacio Nacional, la palabra encontró su casa definitiva. Preguntada por una supuesta pugna con su antecesor, la presidenta contestó con esa calma de quien ya ensayó la respuesta antes de la pregunta: es absolutamente absurdo, ha sido sumamente respetuoso con nuestro Gobierno. Minutos después, sobre el otro tema que le pusieron enfrente, sentenció que sancionar a un reportero sería absurdo. Dos veces en la misma mañana, la misma palabra, usada como escudo, como excusa y como diagnóstico.
Así transcurrió el día: un avión que regresó con las manos vacías, unos mapas que renombran lo que ya estaba nombrado, una sala de prensa donde el adverbio “absolutamente” hacía de muro de contención. Nadie gritó, nadie rompió nada. Todo se resolvió con la palabra más cómoda del diccionario político, esa que sirve para no explicar nada y salir limpio.
Queda la duda de siempre: cuando tantos adversarios coinciden en que algo es absurdo, ¿será que el mundo se volvió irracional, o que la palabra ya es lo único que queda por decir?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

