Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de agosto de 2026
Simón Levy, economista y ex subsecretario de Turismo, llegó al estudio con una sonrisa de funcionario que ya ha visto muchas cosas. Alazraki, el anfitrión, lo recibió con esa confianza de los que conducen su propio programa: yo controlo el tiempo, yo corto, yo decido. Preparó las preguntas como quien coloca piezas de ajedrez. Pero Levy no vino a jugar ajedrez. Vino a mover el tablero.
El video que circula no muestra gritos ni manotazos. Muestra algo peor: la cortesía convertida en cuchillo. Alazraki citaba cifras; Levy las corregía. Alazraki intentaba cambiar de tema; Levy regresaba al mismo punto con una paciencia que incomodaba. Poco a poco, el conductor fue dejando de hablar. El silencio se instaló en el estudio. En la mesa había vasos de agua sin tocar y una libreta con notas que ya no servían. Se oía el zumbido del aire acondicionado. Alazraki pidió un corte, pero la cámara siguió grabando.
El fragmento circula con títulos de humillación: lo dejaron en ridículo, Simón Levy lo humilló en su propio canal, salió llorando. La exageración es parte del espectáculo, pero la escena es real: un entrevistador que termina la transmisión con los ojos húmedos y las manos temblorosas, en su propio territorio, frente a su propio nombre iluminado.
Esta es la fábula de la nueva televisión: ya no basta tener el micrófono. Hoy el invitado llega con su propia audiencia, con sus propios datos, y si el conductor no está preparado, la emboscada se invierte. Alazraki salió por la puerta de atrás mientras el logo se apagaba. En el monitor quedó la última imagen: el hombre que tenía todas las preguntas, sin ninguna respuesta. Afuera, el tráfico de la ciudad seguía su curso, ajeno a la pequeña muerte en una pantalla.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de agosto de 2026
Simón Levy, economista y ex subsecretario de Turismo, llegó al estudio con una sonrisa de funcionario que ya ha visto muchas cosas. Alazraki, el anfitrión, lo recibió con esa confianza de los que conducen su propio programa: yo controlo el tiempo, yo corto, yo decido. Preparó las preguntas como quien coloca piezas de ajedrez. Pero Levy no vino a jugar ajedrez. Vino a mover el tablero.
El video que circula no muestra gritos ni manotazos. Muestra algo peor: la cortesía convertida en cuchillo. Alazraki citaba cifras; Levy las corregía. Alazraki intentaba cambiar de tema; Levy regresaba al mismo punto con una paciencia que incomodaba. Poco a poco, el conductor fue dejando de hablar. El silencio se instaló en el estudio. En la mesa había vasos de agua sin tocar y una libreta con notas que ya no servían. Se oía el zumbido del aire acondicionado. Alazraki pidió un corte, pero la cámara siguió grabando.
El fragmento circula con títulos de humillación: lo dejaron en ridículo, Simón Levy lo humilló en su propio canal, salió llorando. La exageración es parte del espectáculo, pero la escena es real: un entrevistador que termina la transmisión con los ojos húmedos y las manos temblorosas, en su propio territorio, frente a su propio nombre iluminado.
Esta es la fábula de la nueva televisión: ya no basta tener el micrófono. Hoy el invitado llega con su propia audiencia, con sus propios datos, y si el conductor no está preparado, la emboscada se invierte. Alazraki salió por la puerta de atrás mientras el logo se apagaba. En el monitor quedó la última imagen: el hombre que tenía todas las preguntas, sin ninguna respuesta. Afuera, el tráfico de la ciudad seguía su curso, ajeno a la pequeña muerte en una pantalla.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

