Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
17 de agosto de 2026
Santiago Matías, conocido por todos como Alofoke, pasó años sentado frente a una cámara, con un vaso en la mano y el ceño fruncido, arrancándole confesiones a las estrellas de la música urbana. Su programa se volvió el confesionario de medio millón de pecados. De pronto, el mismo personaje que destrozaba políticos en vivo, ahora quiere ser uno de ellos. La noticia no llegó con bombo de palacio: llegó como los grandes chismes de su reino, por streaming, con una silla, un micrófono y la actitud de siempre.
No hubo traje a medida ni tarima solemne. Lo dijo casi entre risas, como quien anuncia una colaboración musical de las suyas. Pero el eco se sintió en todo el país, desde los estudios de televisión hasta las colas del transporte público. Los memes llegaron antes que cualquier comunicado. La clase política tradicional hizo como que no pasaba nada, pero se le notaba el parpadeo nervioso. Los analistas, serios, explicaron que esto era el colmo de una era donde la fama digital se confunde con la capacidad de gobernar. Sus seguidores, en cambio, celebraron sin matices: por fin alguien que no viene del sistema.
Lo más perturbador de todo es que Alofoke no dijo nada que no hayamos escuchado antes. Habló de quitar privilegios, de poner orden, de ser la voz del pueblo. Nada nuevo bajo el sol del Caribe. Lo nuevo es que lo dijo alguien que construyó su trono sobre la más frágil de las materias: la atención de las pantallas. Y la atención, hoy, se parece al poder.
Uno podría reírse y pasar la página. Pero la gracia se congela cuando uno recuerda que en algún rincón de Santo Domingo hay alguien viendo el anuncio en su teléfono, con el ceño fruncido de imitación, pensando: “Si él puede, ¿por qué yo no?”. Esa pregunta, más que el propio Alofoke, es el verdadero termómetro del absurdo político de la era digital. Porque lo preocupante no es que un influencer quiera gobernar: es que cada vez cuesta más trabajo explicar por qué no.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
17 de agosto de 2026
Santiago Matías, conocido por todos como Alofoke, pasó años sentado frente a una cámara, con un vaso en la mano y el ceño fruncido, arrancándole confesiones a las estrellas de la música urbana. Su programa se volvió el confesionario de medio millón de pecados. De pronto, el mismo personaje que destrozaba políticos en vivo, ahora quiere ser uno de ellos. La noticia no llegó con bombo de palacio: llegó como los grandes chismes de su reino, por streaming, con una silla, un micrófono y la actitud de siempre.
No hubo traje a medida ni tarima solemne. Lo dijo casi entre risas, como quien anuncia una colaboración musical de las suyas. Pero el eco se sintió en todo el país, desde los estudios de televisión hasta las colas del transporte público. Los memes llegaron antes que cualquier comunicado. La clase política tradicional hizo como que no pasaba nada, pero se le notaba el parpadeo nervioso. Los analistas, serios, explicaron que esto era el colmo de una era donde la fama digital se confunde con la capacidad de gobernar. Sus seguidores, en cambio, celebraron sin matices: por fin alguien que no viene del sistema.
Lo más perturbador de todo es que Alofoke no dijo nada que no hayamos escuchado antes. Habló de quitar privilegios, de poner orden, de ser la voz del pueblo. Nada nuevo bajo el sol del Caribe. Lo nuevo es que lo dijo alguien que construyó su trono sobre la más frágil de las materias: la atención de las pantallas. Y la atención, hoy, se parece al poder.
Uno podría reírse y pasar la página. Pero la gracia se congela cuando uno recuerda que en algún rincón de Santo Domingo hay alguien viendo el anuncio en su teléfono, con el ceño fruncido de imitación, pensando: “Si él puede, ¿por qué yo no?”. Esa pregunta, más que el propio Alofoke, es el verdadero termómetro del absurdo político de la era digital. Porque lo preocupante no es que un influencer quiera gobernar: es que cada vez cuesta más trabajo explicar por qué no.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

