Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
23 de junio de 2026
Los testigos cuentan que primero fue el rugido del motor, luego el chirrido de llantas, después un golpe sordo que apagó los gritos de gol. El conductor, según reportes, no frenó a tiempo —o quizá ni siquiera intentó hacerlo. En las imágenes que circularon en redes se ve el desorden: camisetas verde, blanco y rojo tiradas en el pavimento, un tenis perdido, una sombrilla aplastada. La ambulancia tardó lo que a los presentes les pareció una eternidad.
En el hospital, los médicos trabajaron hasta pasada la medianoche. La mujer más grave, de unos 40 años, entró con traumatismo craneoencefálico. Su familia espera en la sala de urgencias sin saber si podrá caminar de nuevo. Los otros cinco lesionados fueron dados de alta con golpes, raspones y el miedo incrustado en los huesos.
Mientras tanto, en las afueras del nosocomio, algunos aficionados seguían cantando. El partido había terminado hacía horas, pero ellos no querían irse a casa. La vida seguía, tosca y contradictoria como siempre en Chihuahua: una ciudad donde se celebra con el cuerpo y se llora con el mismo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
23 de junio de 2026
Los testigos cuentan que primero fue el rugido del motor, luego el chirrido de llantas, después un golpe sordo que apagó los gritos de gol. El conductor, según reportes, no frenó a tiempo —o quizá ni siquiera intentó hacerlo. En las imágenes que circularon en redes se ve el desorden: camisetas verde, blanco y rojo tiradas en el pavimento, un tenis perdido, una sombrilla aplastada. La ambulancia tardó lo que a los presentes les pareció una eternidad.
En el hospital, los médicos trabajaron hasta pasada la medianoche. La mujer más grave, de unos 40 años, entró con traumatismo craneoencefálico. Su familia espera en la sala de urgencias sin saber si podrá caminar de nuevo. Los otros cinco lesionados fueron dados de alta con golpes, raspones y el miedo incrustado en los huesos.
Mientras tanto, en las afueras del nosocomio, algunos aficionados seguían cantando. El partido había terminado hacía horas, pero ellos no querían irse a casa. La vida seguía, tosca y contradictoria como siempre en Chihuahua: una ciudad donde se celebra con el cuerpo y se llora con el mismo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

