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Impersonal — 3 de octubre de 2026 | Edición para el café

por Opinia Lab
3 octubre, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

3 de octubre de 2026

Llegaron en cajas de madera, con etiquetas en alemán y olor a sótano ajeno. Más de cinco mil piezas arqueológicas han regresado a México en dos años: vasijas, figurillas, puntas de flecha que pasaron décadas en vitrinas de coleccionistas extranjeros. No volvieron por nostalgia. Volvieron porque alguien fue a buscarlas. ¿Cuántas más siguen allá afuera, adornando una sala que no les pertenece?

En un almacén de la Ciudad de México, sobre mesas forradas de plástico blanco, se acomodan vasijas que hacen juego con su propio silencio. Una restauradora pasa un pincel por el borde de un plato de barro anaranjado y reconoce el trazo: es de Colima, tiene mil años, y hasta hace poco dormía en el catálogo de una casa de subastas europea, con un precio en euros y una foto tomada desde arriba, como si fuera un plato cualquiera de loza fina.

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No hay una sola ruta de regreso. Está la subasta que se cancela cuando alguien del consulado levanta la mano y muestra lo que el INAH ya sabe de memoria. Está el decomiso en el aeropuerto, donde una figurilla viaja envuelta en calcetines dentro de una maleta que nadie quiere abrir. Está el heredero que llama por teléfono para decir que entre los muebles de la abuela apareció “una cosita de barro”, y que él no quiere problemas con nadie, mucho menos con los muertos.

Recuperar una pieza no es como recuperar un recuerdo. Cada objeto necesita su expediente, su dictamen, su acta; hay que probar de dónde salió, cuándo se fue y por dónde cruzó. Mientras se llena ese papeleo, la vasija espera en una repisa, con el número de inventario pegado con cinta y una etiqueta que dice, en letra pequeña, que ya es de todos aunque todavía no la vea nadie.

Del otro lado del mismo mostrador, el saqueo no se toma vacaciones. Un saqueador no necesita pasaporte ni casa de subastas: le basta un pico, una linterna y una noche larga. Por cada pieza que regresa, otras tantas se van por caminos de terracería, sin etiqueta en alemán y sin precio en euros, directo a un mercado donde nadie firma recibos.

Al final del día, la restauradora deja el pincel en su vaso, se quita los guantes y apaga la luz del almacén. Mañana las vasijas volverán a estar ahí, quietecitas, esperando su turno para entrar a una vitrina con cédula y con nombre. Ya no son trofeos de nadie: son vecinas que volvieron a casa después de un viaje larguísimo, y ninguna de ellas, esta vez, trae equipaje.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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