Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
29 de septiembre de 2026
Antes de Urdaneta, ir a Filipinas desde Acapulco era fácil y volver era un suicidio. Los barcos navegaban hacia el poniente con el viento a favor y luego quedaban atrapados en el Pacífico, dando tumbos durante meses, con la tripulación cayendo del escorbuto como moscas. El tornaviaje —el viaje de retorno— era el secreto mejor guardado del imperio: consistía en subir muy al norte, casi hasta Japón, y ahí tomar las corrientes que empujaban de vuelta a la costa mexicana. El fraile lo dibujó, lo probó y desembarcó en Acapulco en octubre de 1565 con la ruta completa en la cabeza.
A partir de ahí, la fiesta.
En Manila cargaban las naves con seda china, porcelana, marfil, especias y abanicos. En Acapulco esperaban los arrieros con mulas flacas y paciencia larga, y también la plata: la de Zacatecas, la de Potosí, la que cruzaba el mundo en el sentido contrario. Durante un mes al año el puerto dejaba de ser un pueblo de pescadores y se volvía feria, mercado, taberna y confesionario. Después, todo subía a lomo de mula hasta Veracruz y de ahí a Sevilla. La Nao de China, le decían, aunque de China traía solo el humo.
Duró doscientos cincuenta años. El último galeón zarpó en 1815, cuando ya nadie necesitaba el truco del viento: había barcos de vapor y rutas nuevas. Se acabó la feria, se fue la plata, pero quedaron las palabras. En tagalo sigue diciéndose kamote al camote y tsokolate al chocolate, préstamos que viajaron en sentido contrario al de los arcones. Un idioma, a fin de cuentas, también es una ruta marítima que no se cierra.
Hoy México y Filipinas anuncian que volverán a mirarse: expediciones, libros, conferencias, quizá un barco simbólico. Los organizadores hablan de historia compartida, de identidad, de Pacífico como puente y no como muro. Suena bonito y probablemente lo sea.
Lo curioso es esto: para celebrar el galeón, los funcionarios de ambos países van a tomar un avión. Dieciocho horas de vuelo y una escala, con película a bordo y todo. El viento que Urdaneta tuvo que descifrar con una brújula y una úlcera no aparece en ninguna invitación. Tal vez el homenaje real sea otro: asomarse a la costa de Acapulco un rato, dejar que el aire sople hacia el poniente, y aguantar ahí sin moverse hasta que alguien descubra, otra vez, cómo se regresa.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
29 de septiembre de 2026
Antes de Urdaneta, ir a Filipinas desde Acapulco era fácil y volver era un suicidio. Los barcos navegaban hacia el poniente con el viento a favor y luego quedaban atrapados en el Pacífico, dando tumbos durante meses, con la tripulación cayendo del escorbuto como moscas. El tornaviaje —el viaje de retorno— era el secreto mejor guardado del imperio: consistía en subir muy al norte, casi hasta Japón, y ahí tomar las corrientes que empujaban de vuelta a la costa mexicana. El fraile lo dibujó, lo probó y desembarcó en Acapulco en octubre de 1565 con la ruta completa en la cabeza.
A partir de ahí, la fiesta.
En Manila cargaban las naves con seda china, porcelana, marfil, especias y abanicos. En Acapulco esperaban los arrieros con mulas flacas y paciencia larga, y también la plata: la de Zacatecas, la de Potosí, la que cruzaba el mundo en el sentido contrario. Durante un mes al año el puerto dejaba de ser un pueblo de pescadores y se volvía feria, mercado, taberna y confesionario. Después, todo subía a lomo de mula hasta Veracruz y de ahí a Sevilla. La Nao de China, le decían, aunque de China traía solo el humo.
Duró doscientos cincuenta años. El último galeón zarpó en 1815, cuando ya nadie necesitaba el truco del viento: había barcos de vapor y rutas nuevas. Se acabó la feria, se fue la plata, pero quedaron las palabras. En tagalo sigue diciéndose kamote al camote y tsokolate al chocolate, préstamos que viajaron en sentido contrario al de los arcones. Un idioma, a fin de cuentas, también es una ruta marítima que no se cierra.
Hoy México y Filipinas anuncian que volverán a mirarse: expediciones, libros, conferencias, quizá un barco simbólico. Los organizadores hablan de historia compartida, de identidad, de Pacífico como puente y no como muro. Suena bonito y probablemente lo sea.
Lo curioso es esto: para celebrar el galeón, los funcionarios de ambos países van a tomar un avión. Dieciocho horas de vuelo y una escala, con película a bordo y todo. El viento que Urdaneta tuvo que descifrar con una brújula y una úlcera no aparece en ninguna invitación. Tal vez el homenaje real sea otro: asomarse a la costa de Acapulco un rato, dejar que el aire sople hacia el poniente, y aguantar ahí sin moverse hasta que alguien descubra, otra vez, cómo se regresa.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

