Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de septiembre de 2026
En la sala no hay gritos. Las figuras no tienen caras amables: son espaldas anchas, cuellos de toro, hombres que cargan el peso del mundo con los músculos tensos como cuerdas de violín. “Ángel Zárraga. Los ideales del arte” es el nombre de la muestra que abrió sus puertas, y para quien entra sin saber quién fue este hombre, el desconcierto dura unos minutos. Luego se entiende: aquí no se pinta la revolución, se pinta el cuerpo humano como si fuera una revolución.
Zárraga nació en Durango en 1886, cuando el siglo apenas empezaba a creer en el futuro. A los veintiuno tomó un barco y se fue a Europa, a esa París que era el centro del mundo para quien sabía dibujar. Y ahí se quedó. No hizo como otros que iban, aprendían y volvían: él se instaló, aprendió francés, se compró los trajes correctos y se volvió parte del mobiliario elegante de los salones.
Mientras en México Diego Rivera, Orozco y Siqueiros llenaban muros con campesinos, soldados y gritos de justicia, Zárraga pintaba rugbistas. Pintaba boxeadores con los puños como martillos. Pintaba atletas en pleno salto, cuerpos que no pedían permiso para existir. Era un tema rarísimo para su época: el deporte como asunto noble, el sudor como material de arte.
También hizo murales enormes, algunos en templos de Europa, donde mezcló lo sagrado con esos cuerpos que siempre le obsesionaron. Un mexicano pintando santos y nadadores en el mismo aliento.
Regresó a su país al final de la vida, cuando México ya tenía otros héroes y otras modas. Murió en 1946, casi en silencio, con su nombre guardado en cajones de academia.
Ahora la Secretaría de Cultura lo saca a la luz. Y ahí está lo curioso: mientras un museo lo celebra, cientos de personas siguen creyendo que el arte mexicano empieza y termina en un muro con campesinos. Zárraga pintó otra cosa: el cuerpo de un hombre lanzándose al vacío, sin causa, sin bandera, solo por el gusto de volar un segundo.
¿Cuánto tarda un país en recordar a quien nunca supo ver?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
28 de septiembre de 2026
En la sala no hay gritos. Las figuras no tienen caras amables: son espaldas anchas, cuellos de toro, hombres que cargan el peso del mundo con los músculos tensos como cuerdas de violín. “Ángel Zárraga. Los ideales del arte” es el nombre de la muestra que abrió sus puertas, y para quien entra sin saber quién fue este hombre, el desconcierto dura unos minutos. Luego se entiende: aquí no se pinta la revolución, se pinta el cuerpo humano como si fuera una revolución.
Zárraga nació en Durango en 1886, cuando el siglo apenas empezaba a creer en el futuro. A los veintiuno tomó un barco y se fue a Europa, a esa París que era el centro del mundo para quien sabía dibujar. Y ahí se quedó. No hizo como otros que iban, aprendían y volvían: él se instaló, aprendió francés, se compró los trajes correctos y se volvió parte del mobiliario elegante de los salones.
Mientras en México Diego Rivera, Orozco y Siqueiros llenaban muros con campesinos, soldados y gritos de justicia, Zárraga pintaba rugbistas. Pintaba boxeadores con los puños como martillos. Pintaba atletas en pleno salto, cuerpos que no pedían permiso para existir. Era un tema rarísimo para su época: el deporte como asunto noble, el sudor como material de arte.
También hizo murales enormes, algunos en templos de Europa, donde mezcló lo sagrado con esos cuerpos que siempre le obsesionaron. Un mexicano pintando santos y nadadores en el mismo aliento.
Regresó a su país al final de la vida, cuando México ya tenía otros héroes y otras modas. Murió en 1946, casi en silencio, con su nombre guardado en cajones de academia.
Ahora la Secretaría de Cultura lo saca a la luz. Y ahí está lo curioso: mientras un museo lo celebra, cientos de personas siguen creyendo que el arte mexicano empieza y termina en un muro con campesinos. Zárraga pintó otra cosa: el cuerpo de un hombre lanzándose al vacío, sin causa, sin bandera, solo por el gusto de volar un segundo.
¿Cuánto tarda un país en recordar a quien nunca supo ver?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

