Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de septiembre de 2026
El escenario era de foro empresarial: luces tibias, manteles blancos, micrófonos relucientes y un público que había pagado por escuchar certezas. Isabel Díaz Ayuso habló como quien no viene a conversar, sino a dejar constancia. En los pasillos, entre café de olla y tarjetas de presentación, empezó a correr la frase que nadie quería decir en voz alta: esto no va a terminar bien.
Al otro lado del Atlántico, en Madrid, el eco llegó antes que el vuelo de regreso. Y el orden de los hechos tuvo su ironía. Primero la provocación. Después el desconcierto. Al final, las disculpas. No las de ella: las ajenas. El gobierno de España y la izquierda madrileña se apresuraron a marcar distancia y a pedir perdón a la presidenta Sheinbaum por el “ridículo”, como quien devuelve un plato que no pidió.
Mientras tanto, en Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum atendía otros asuntos y repetía una palabra como quien reza un rosario laico: absurdo. Absurdo hablar de apoyo a una intervención militar. Absurdo suponer una pugna con el expresidente. Absurdo sancionar a un reportero. La palabra salía de su boca con la serenidad de quien ya decidió no meterse al barro, aunque el barro le salpicara la puerta.
Los cronistas de la política tienen un viejo oficio: buscar quién gana. Esta vez el marcador quedó raro. La visitante se llevó los reflectores y, con ellos, la cuenta. Su partido la respaldó a media voz. Sus anfitriones mexicanos sonrieron como se sonríe en los velorios, con las manos juntas y la mirada puesta en la salida. Y del otro lado, una presidenta que no movió un dedo se quedó con la portada sin haberla pedido.
Queda la escena final: un avión cruzando el Atlántico de vuelta, una conferencista con la convicción intacta y, en tierra firme, dos países encogiéndose de hombros a la vez. Hay giras que se hacen para tender puentes y otras que se hacen para comprobar que el río sigue crecido. Esta, por lo visto, pertenece a las segundas. ¿Cuántas veces más habrá que escribir la crónica del viaje equivocado antes de que alguien deje de comprar el boleto?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de septiembre de 2026
El escenario era de foro empresarial: luces tibias, manteles blancos, micrófonos relucientes y un público que había pagado por escuchar certezas. Isabel Díaz Ayuso habló como quien no viene a conversar, sino a dejar constancia. En los pasillos, entre café de olla y tarjetas de presentación, empezó a correr la frase que nadie quería decir en voz alta: esto no va a terminar bien.
Al otro lado del Atlántico, en Madrid, el eco llegó antes que el vuelo de regreso. Y el orden de los hechos tuvo su ironía. Primero la provocación. Después el desconcierto. Al final, las disculpas. No las de ella: las ajenas. El gobierno de España y la izquierda madrileña se apresuraron a marcar distancia y a pedir perdón a la presidenta Sheinbaum por el “ridículo”, como quien devuelve un plato que no pidió.
Mientras tanto, en Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum atendía otros asuntos y repetía una palabra como quien reza un rosario laico: absurdo. Absurdo hablar de apoyo a una intervención militar. Absurdo suponer una pugna con el expresidente. Absurdo sancionar a un reportero. La palabra salía de su boca con la serenidad de quien ya decidió no meterse al barro, aunque el barro le salpicara la puerta.
Los cronistas de la política tienen un viejo oficio: buscar quién gana. Esta vez el marcador quedó raro. La visitante se llevó los reflectores y, con ellos, la cuenta. Su partido la respaldó a media voz. Sus anfitriones mexicanos sonrieron como se sonríe en los velorios, con las manos juntas y la mirada puesta en la salida. Y del otro lado, una presidenta que no movió un dedo se quedó con la portada sin haberla pedido.
Queda la escena final: un avión cruzando el Atlántico de vuelta, una conferencista con la convicción intacta y, en tierra firme, dos países encogiéndose de hombros a la vez. Hay giras que se hacen para tender puentes y otras que se hacen para comprobar que el río sigue crecido. Esta, por lo visto, pertenece a las segundas. ¿Cuántas veces más habrá que escribir la crónica del viaje equivocado antes de que alguien deje de comprar el boleto?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

