Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de septiembre de 2026
La presidenta fue a Ciudad Juárez a decir que México es libre, independiente y soberano, y que defender la patria nos toca a todos. Palabras grandes, de esas que se dicen fuerte para que las oiga el vecino del norte. Luego se abrazó con Maru Campos, la gobernadora con la que estaba peleada por unos agentes extranjeros paseándose por su estado. Acordaron coordinarse. La soberanía, como ciertos matrimonios, a veces se sostiene nada más porque los vecinos están mirando.
Mientras en Juárez se hablaba de independencia, el dinero barato se acababa como el agua en una casa sin tinaco. A México le tomará una década recuperar la calificación crediticia que perdió, y las negociaciones con Estados Unidos se posponen para fin de mes, porque negociar es eso: aplazar con estilo. Los trabajadores mexicanos sostienen la economía vecina, dicen. Claro. El que sostiene al otro siempre acaba cobrando menos.
Y arriba, en el museo de las culpas, siguen peleando por el pasado: Cortés, Poinsett, Cuauhtémoc, Trump. Como si la historia fuera un pleito de herencia donde todos traen abogado y nadie trae escrituras. Los imperios discuten de qué siglo son mientras abajo alguien decide si este mes come o paga la luz.
Me gusta la gente que ensaya terremotos: entrenamos para lo que ya pasó y rezamos por lo que viene. Las grietas siguen ahí, sin simulacro que las tape. Sacamos cuentas del temblor de ayer, apuntamos el de mañana, y olvidamos el de hoy, ese que entra a la casa sin avisar. La realidad se ve mejor en el retrovisor: pequeña, ordenada, sin agentes ni gobernadoras ni heridos del ejercicio. El problema es que el parabrisas no perdona, y la carretera viene sin señalizar.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal
La realidad vista desde el espejo retrovisor
20 de septiembre de 2026
La presidenta fue a Ciudad Juárez a decir que México es libre, independiente y soberano, y que defender la patria nos toca a todos. Palabras grandes, de esas que se dicen fuerte para que las oiga el vecino del norte. Luego se abrazó con Maru Campos, la gobernadora con la que estaba peleada por unos agentes extranjeros paseándose por su estado. Acordaron coordinarse. La soberanía, como ciertos matrimonios, a veces se sostiene nada más porque los vecinos están mirando.
Mientras en Juárez se hablaba de independencia, el dinero barato se acababa como el agua en una casa sin tinaco. A México le tomará una década recuperar la calificación crediticia que perdió, y las negociaciones con Estados Unidos se posponen para fin de mes, porque negociar es eso: aplazar con estilo. Los trabajadores mexicanos sostienen la economía vecina, dicen. Claro. El que sostiene al otro siempre acaba cobrando menos.
Y arriba, en el museo de las culpas, siguen peleando por el pasado: Cortés, Poinsett, Cuauhtémoc, Trump. Como si la historia fuera un pleito de herencia donde todos traen abogado y nadie trae escrituras. Los imperios discuten de qué siglo son mientras abajo alguien decide si este mes come o paga la luz.
Me gusta la gente que ensaya terremotos: entrenamos para lo que ya pasó y rezamos por lo que viene. Las grietas siguen ahí, sin simulacro que las tape. Sacamos cuentas del temblor de ayer, apuntamos el de mañana, y olvidamos el de hoy, ese que entra a la casa sin avisar. La realidad se ve mejor en el retrovisor: pequeña, ordenada, sin agentes ni gobernadoras ni heridos del ejercicio. El problema es que el parabrisas no perdona, y la carretera viene sin señalizar.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

