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Impersonal — 21 de septiembre de 2026

por Opinia Lab
21 septiembre, 2026

Impersonal

La realidad vista desde el espejo retrovisor

21 de septiembre de 2026

En Chihuahua desfiló un perro junto a la Guardia Nacional. Se llama Comando, huele a croqueta y ya goza de más credibilidad que media docena de generales. En el mismo estado hay agentes extranjeros, un pleito entre presidenta y gobernadora y las mejores manzanas del país. ¿En qué otro lugar el símbolo de la soberanía es un perro con botitas?

Adoptamos al perro como héroe nacional por una razón sencilla: no habla. No pregunta de qué país son los que patrullan, no distingue cooperación de ocupación, no lee los comunicados donde la palabra soberanía se usa de ambientador. Mueve la cola y ya. Es el funcionario perfecto: leal, fotogénico y sin opinión sobre el Tratado.

El resto del guion es de una comodidad sospechosa. Se grita que no queremos injerencia extranjera con la misma boca que agradece la ayuda que llega en avión. Se defiende la independencia desde una ciudad pegada al otro lado, donde el dólar manda más que el himno. Y todos aplauden: aplaudir no cuesta, preguntar sí.

Mientras, Chihuahua produce las manzanas que se comen en media república. Fruta limpia, sin geopolítica. Da gusto imaginar que el único tratado binacional que respetamos de verdad es el que cruza cajas de manzana por la aduana. Ahí nadie grita soberanía. Ahí simplemente se cobra.

Y en el aeropuerto capitalino a otro funcionario lo reciben a gritos de corrupto. La rabia ya no distingue colores ni cargos; se volvió ruido de fondo, como el tráfico. Al mismo tiempo se subasta una acerera y hay postores contando mil millones. El país discute si el problema es el perro o los que lo pasean.

Solo desde el espejo retrovisor se ve esto con claridad. En ese espejo, Chihuahua no es el perro que desfila ni la manzana que se exporta: es el punto de la frontera donde llevamos décadas pidiendo permiso para ser nosotros mismos. El perro no miente; por eso lo queremos. La pregunta incómoda no es quién patrulla nuestras calles, sino si queda alguien al volante que no vaya mirando hacia el otro lado.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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Adoptamos al perro como héroe nacional por una razón sencilla: no habla. No pregunta de qué país son los que patrullan, no distingue cooperación de ocupación, no lee los comunicados donde la palabra soberanía se usa de ambientador. Mueve la cola y ya. Es el funcionario perfecto: leal, fotogénico y sin opinión sobre el Tratado.

El resto del guion es de una comodidad sospechosa. Se grita que no queremos injerencia extranjera con la misma boca que agradece la ayuda que llega en avión. Se defiende la independencia desde una ciudad pegada al otro lado, donde el dólar manda más que el himno. Y todos aplauden: aplaudir no cuesta, preguntar sí.

Mientras, Chihuahua produce las manzanas que se comen en media república. Fruta limpia, sin geopolítica. Da gusto imaginar que el único tratado binacional que respetamos de verdad es el que cruza cajas de manzana por la aduana. Ahí nadie grita soberanía. Ahí simplemente se cobra.

Y en el aeropuerto capitalino a otro funcionario lo reciben a gritos de corrupto. La rabia ya no distingue colores ni cargos; se volvió ruido de fondo, como el tráfico. Al mismo tiempo se subasta una acerera y hay postores contando mil millones. El país discute si el problema es el perro o los que lo pasean.

Solo desde el espejo retrovisor se ve esto con claridad. En ese espejo, Chihuahua no es el perro que desfila ni la manzana que se exporta: es el punto de la frontera donde llevamos décadas pidiendo permiso para ser nosotros mismos. El perro no miente; por eso lo queremos. La pregunta incómoda no es quién patrulla nuestras calles, sino si queda alguien al volante que no vaya mirando hacia el otro lado.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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