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Impersonal — 31 de julio de 2026

por Opinia Lab
31 julio, 2026

Impersonal

La realidad vista desde el espejo retrovisor

31 de julio de 2026

El cierre de las escuelas militarizadas es como aquel niño que junta soldaditos durante años y de pronto descubre que nunca le gustó el ejército: aplaudimos la conversión, pero nos preguntamos si es por convicción o porque le regalaron un set de plastilina. Las autoridades decidieron que los militares ya no deben educar a nuestros hijos, y uno se pregunta si alguien les avisó a los generales que su vocación era vigilar fronteras, no enseñar matemáticas.

Hay días en que la política mexicana parece un juego de lotería donde todos gritan “¡bingo!” con cartones distintos. Hoy nos desayunamos con la noticia de que la SEP ordenó sacar a los soldados de las aulas. Bonito gesto. Casi tan lógico como prohibir las piñatas después de que todos los niños ya se comieron el dulce. Durante años vimos a militares repartiendo útiles, plantando banderas y sonriendo en las graduaciones. Ahora resulta que eso era un error pedagógico, como si alguien hubiera confundido una escuela con un cuartel y nadie se atreviera a decirlo por miedo al regaño.

Mientras tanto, en el vecindario global, los expresidentes andan armando un coro de quejas más afinado que el de una catedral: Fox, Calderón y otros veintitantos exmandatarios acusan “venganza política” por el caso Ruffo. Uno los escucha y le dan ganas de preguntarles si también cobran por dar lástima. Lo único que les falta es un disco de boleros titulado “Nadie me quiere en el poder”. El cinismo es gratis, pero las facturas de la historia siempre llegan con intereses.

Y luego está la Canciller pidiendo protección para paisanos bajo custodia del ICE, mientras una corte internacional nos llama la atención por una ejecución extrajudicial de 2005. Diecinueve años para que la justicia internacional despierte. Me recuerda a esos vecinos que se enteran del robo en tu casa hasta que el ladrón ya se mudó con todas tus cosas. La SRE hace pronunciamientos, el gobierno promete, y los derechos humanos siguen siendo un adorno navideño que se saca del clóset una vez al año.

Pero lo más sabroso del día es la declaración de la presidenta: “Si quisiéramos censurar, ya lo habríamos hecho”. Ah, caray. ¿Es un consuelo? ¿Una amenaza? ¿Una prueba de amor? Es como si el novio celoso te dijera “no te reviso el celular porque no quiero, no porque no pueda”. Gracias, qué detalle. En un país donde las preguntas incómodas se responden con evasivas y las críticas con descalificaciones, esa frase condensa toda una filosofía del poder: el que tiene la fuerza, presume de misericordia.

La realidad vista desde el espejo retrovisor es un deporte de alto riesgo. Siempre miramos lo que quedó atrás mientras el futuro nos rebasa: cerramos escuelas militarizadas cuando ya casi no existen, defendemos a migrantes cuando ya cruzaron o ya murieron, y festejamos un crecimiento económico que apenas nos alcanza para comprar la ilusión de que vamos bien. Lo más incómodo no es que las cosas cambien de opinión con la velocidad de un gato asustado. Lo incómodo es que nosotros ya no distinguimos entre sorpresa y pura resistencia a ver la carretera completa, donde el ayer y el mañana se estrellan en un mismo espejo.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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Hay días en que la política mexicana parece un juego de lotería donde todos gritan “¡bingo!” con cartones distintos. Hoy nos desayunamos con la noticia de que la SEP ordenó sacar a los soldados de las aulas. Bonito gesto. Casi tan lógico como prohibir las piñatas después de que todos los niños ya se comieron el dulce. Durante años vimos a militares repartiendo útiles, plantando banderas y sonriendo en las graduaciones. Ahora resulta que eso era un error pedagógico, como si alguien hubiera confundido una escuela con un cuartel y nadie se atreviera a decirlo por miedo al regaño.

Mientras tanto, en el vecindario global, los expresidentes andan armando un coro de quejas más afinado que el de una catedral: Fox, Calderón y otros veintitantos exmandatarios acusan “venganza política” por el caso Ruffo. Uno los escucha y le dan ganas de preguntarles si también cobran por dar lástima. Lo único que les falta es un disco de boleros titulado “Nadie me quiere en el poder”. El cinismo es gratis, pero las facturas de la historia siempre llegan con intereses.

Y luego está la Canciller pidiendo protección para paisanos bajo custodia del ICE, mientras una corte internacional nos llama la atención por una ejecución extrajudicial de 2005. Diecinueve años para que la justicia internacional despierte. Me recuerda a esos vecinos que se enteran del robo en tu casa hasta que el ladrón ya se mudó con todas tus cosas. La SRE hace pronunciamientos, el gobierno promete, y los derechos humanos siguen siendo un adorno navideño que se saca del clóset una vez al año.

Pero lo más sabroso del día es la declaración de la presidenta: “Si quisiéramos censurar, ya lo habríamos hecho”. Ah, caray. ¿Es un consuelo? ¿Una amenaza? ¿Una prueba de amor? Es como si el novio celoso te dijera “no te reviso el celular porque no quiero, no porque no pueda”. Gracias, qué detalle. En un país donde las preguntas incómodas se responden con evasivas y las críticas con descalificaciones, esa frase condensa toda una filosofía del poder: el que tiene la fuerza, presume de misericordia.

La realidad vista desde el espejo retrovisor es un deporte de alto riesgo. Siempre miramos lo que quedó atrás mientras el futuro nos rebasa: cerramos escuelas militarizadas cuando ya casi no existen, defendemos a migrantes cuando ya cruzaron o ya murieron, y festejamos un crecimiento económico que apenas nos alcanza para comprar la ilusión de que vamos bien. Lo más incómodo no es que las cosas cambien de opinión con la velocidad de un gato asustado. Lo incómodo es que nosotros ya no distinguimos entre sorpresa y pura resistencia a ver la carretera completa, donde el ayer y el mañana se estrellan en un mismo espejo.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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