Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
4 de octubre de 2026
La tienda huele a cartón viejo y a café recalentado. Es sábado y hay fila. No es una fila de aeropuerto ni de banco: es una fila lenta, de gente que hojea, duda, vuelve a hojear. Un chico con audífonos al cuello levanta un disco, lo inclina contra la luz como si fuera un billete sospechoso, y lo regresa al anaquel. Al lado, alguien discute el precio de una reedición como se discute el precio de un terreno.
El vinilo, ese formato que ya lo dieron por muerto dos veces, volvió a levantarse. Y no volvió de la mano de los nostálgicos, que ya tienen su colección en la sala y su tocadiscos heredado, sino de los más jóvenes, que llegan con listas escritas en el teléfono y salen con bolsas de papel que pesan. El streaming no retrocede, ni falta que le hace: simplemente ahora tiene un vecino ruidoso, terco, que se niega a caber en la nube.
El rito tiene su liturgia. Se saca el disco de su funda interior. Se pasa el paño, despacio, en círculos. Se coloca en el plato, se elige la velocidad, se baja la aguja con esa precisión que solo da la práctica. Y entonces ocurre el milagro doméstico: durante veinte minutos nadie puede saltar a la siguiente canción. El álbum se escucha como lo que es, un álbum, con sus pausas y sus silencios incómodos.
Detrás del mostrador, el dueño ya vio morir este formato una vez. Vio cómo vaciaban las bodegas, cómo remataban las prensas, cómo las tapas de cartón acabaron de separadores de libros. Ahora los muchachos le preguntan por ediciones que él juró que nadie volvería a pedir. Se ríe, se acomoda los lentes y responde lo de siempre: que hay cosas que uno no elige, que uno nada más las reconoce cuando le suenan.
La escena se repite en otras ciudades, en otras tiendas, en otras manos que aprenden a cuidar algo que no se puede duplicar con dos toques. Un objeto frágil, rayable, caro, incómodo de cargar. Un anacronismo con portada.
Al final, el vinilo no venció al streaming. Solo le enseñó a esperar. Y quizá lo verdaderamente irrepetible no esté en el surco, sino en el minuto que tardamos en llegar hasta él.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

