Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
30 de septiembre de 2026
La escena cabe en una mesa de café: un cuarto en Coyoacán con sillas dispares, un cenicero que se llena de colillas y una guitarra que pasa de mano en mano. Afuera, el país todavía le temblaba a sus propios estudiantes; adentro, alguien rasgueaba y todos callaban, que es la manera más antigua de escuchar. Ahí se cantó esa canción, y de ahí salió a caminar sola.
La canción no pedía disculpas. Contaba que a México le enseñaron a odiar a su propia madre y que ese rencor se heredaba como un apellido. En los campus, en los sindicatos, en los camiones que iban a las marchas, la gente la aprendió de oído, de copia en copia, de un cassette que se gastaba de tanto rodar. En la radio no sonaba. No hacía falta.
Palomares murió esta semana, y la noticia llega con esa palabra que ya es costumbre en los obituarios culturales: otro. Otro de los grandes. La generación que le puso música a los años en que cantar era una forma de no obedecer se va quedando sin cuerdas, y nadie ha encontrado todavía la manera de afinar las nuevas.
En estos mismos días, la Lotería Nacional devela un billete por los cincuenta años de la Sociedad de Escritores de México. Las instituciones, ya se sabe, son puntuales en las bodas de oro y en los funerales: llegan a tiempo para la foto y un poco tarde para el aplauso. Al cantautor que incomodó no le develaron billete, pero tampoco le hacía falta.
Mientras tanto, en Zacatecas, un grupo de estudiantes del Cobaez hace maletas. Van a la Ciudad de México, a la Fiesta de Culturas Comunitarias, a cantar quién sabe qué cosa. Llevan encima lo que llevan todos a esa edad: la certeza de que su canción es la primera que importa de verdad. Ojalá alguien les preste una guitarra y, de paso, les diga el nombre del hombre que les enseñó, sin proponérselo, que una canción bien hecha puede incomodar durante medio siglo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
30 de septiembre de 2026
La escena cabe en una mesa de café: un cuarto en Coyoacán con sillas dispares, un cenicero que se llena de colillas y una guitarra que pasa de mano en mano. Afuera, el país todavía le temblaba a sus propios estudiantes; adentro, alguien rasgueaba y todos callaban, que es la manera más antigua de escuchar. Ahí se cantó esa canción, y de ahí salió a caminar sola.
La canción no pedía disculpas. Contaba que a México le enseñaron a odiar a su propia madre y que ese rencor se heredaba como un apellido. En los campus, en los sindicatos, en los camiones que iban a las marchas, la gente la aprendió de oído, de copia en copia, de un cassette que se gastaba de tanto rodar. En la radio no sonaba. No hacía falta.
Palomares murió esta semana, y la noticia llega con esa palabra que ya es costumbre en los obituarios culturales: otro. Otro de los grandes. La generación que le puso música a los años en que cantar era una forma de no obedecer se va quedando sin cuerdas, y nadie ha encontrado todavía la manera de afinar las nuevas.
En estos mismos días, la Lotería Nacional devela un billete por los cincuenta años de la Sociedad de Escritores de México. Las instituciones, ya se sabe, son puntuales en las bodas de oro y en los funerales: llegan a tiempo para la foto y un poco tarde para el aplauso. Al cantautor que incomodó no le develaron billete, pero tampoco le hacía falta.
Mientras tanto, en Zacatecas, un grupo de estudiantes del Cobaez hace maletas. Van a la Ciudad de México, a la Fiesta de Culturas Comunitarias, a cantar quién sabe qué cosa. Llevan encima lo que llevan todos a esa edad: la certeza de que su canción es la primera que importa de verdad. Ojalá alguien les preste una guitarra y, de paso, les diga el nombre del hombre que les enseñó, sin proponérselo, que una canción bien hecha puede incomodar durante medio siglo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

