Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
23 de septiembre de 2026
Un domingo cualquiera, en cualquier tianguis del país, el efectivo tiene su propia coreografía. La señora de las quesadillas no cobra: hace cambio. Recibe un billete de doscientos y devuelve un rosario de monedas, y en ese intercambio hay más confianza que en cualquier contrato firmado con el dedo sobre una pantalla.
El dinero en efectivo suena. Eso es lo que algunos no perdonan: que suene. Las monedas caen en la caja de metal como un aplauso pequeño; el billete se estira, se revisa contra la luz, se dobla en cuatro. Ninguna aplicación ha logrado replicar ese ruido, aunque todas lo intenten con confeti digital.
En el otro extremo de la ciudad, en un salón con alfombra y aire acondicionado, los expertos celebraban el avance. Y es cierto: hoy se paga el café con el teléfono, el cine con el reloj, la luz con un clic. Detrás del mostrador, sin embargo, hay una terminal que lleva meses en un cajón: la señal se cae, la comisión muerde, y a las once de la mañana nadie sabe si el dinero llegó o va en camino.
El taxista lo dice sin drama: acepta tarjeta, pero prefiere el billete. Con el billete come ese día, no en tres días hábiles. La señora del mercado guarda sus ahorros en un sobre debajo de los platos hondos, y no es ignorancia: es desconfianza con cicatrices.
Mientras tanto, BBVA avisa que sus sucursales abrirán en nuevo horario, como si el problema fuera a qué hora abren y no cuántas veces se cayó la aplicación justo cuando había que pagar.
Hay una escena que lo resume. Un cliente extiende su teléfono para pagar unos tacos. El taquero mira la pantalla, mira la fila, y pregunta lo que pregunta medio país: “¿Y si no hay internet?”. Nadie contesta. El cliente guarda el teléfono y saca un billete arrugado. El taquero lo recibe y devuelve el cambio con la calma de quien acaba de ganar una discusión de veinte años.
La inclusión financiera, dicen, es que todos entren al sistema. Quizá. Pero el sistema lleva años entrando a todos, y el 85.2 por ciento decidió que, aun así, prefiere el peso que se toca.
Al cerrar, el taquero cuenta su día: billetes de a cien, de a cincuenta, monedas de a diez. Los ordena, los guarda, apaga el foco. Mañana la aplicación volverá a prometer el futuro. Él ya tiene el presente en la bolsa del mandil.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
23 de septiembre de 2026
Un domingo cualquiera, en cualquier tianguis del país, el efectivo tiene su propia coreografía. La señora de las quesadillas no cobra: hace cambio. Recibe un billete de doscientos y devuelve un rosario de monedas, y en ese intercambio hay más confianza que en cualquier contrato firmado con el dedo sobre una pantalla.
El dinero en efectivo suena. Eso es lo que algunos no perdonan: que suene. Las monedas caen en la caja de metal como un aplauso pequeño; el billete se estira, se revisa contra la luz, se dobla en cuatro. Ninguna aplicación ha logrado replicar ese ruido, aunque todas lo intenten con confeti digital.
En el otro extremo de la ciudad, en un salón con alfombra y aire acondicionado, los expertos celebraban el avance. Y es cierto: hoy se paga el café con el teléfono, el cine con el reloj, la luz con un clic. Detrás del mostrador, sin embargo, hay una terminal que lleva meses en un cajón: la señal se cae, la comisión muerde, y a las once de la mañana nadie sabe si el dinero llegó o va en camino.
El taxista lo dice sin drama: acepta tarjeta, pero prefiere el billete. Con el billete come ese día, no en tres días hábiles. La señora del mercado guarda sus ahorros en un sobre debajo de los platos hondos, y no es ignorancia: es desconfianza con cicatrices.
Mientras tanto, BBVA avisa que sus sucursales abrirán en nuevo horario, como si el problema fuera a qué hora abren y no cuántas veces se cayó la aplicación justo cuando había que pagar.
Hay una escena que lo resume. Un cliente extiende su teléfono para pagar unos tacos. El taquero mira la pantalla, mira la fila, y pregunta lo que pregunta medio país: “¿Y si no hay internet?”. Nadie contesta. El cliente guarda el teléfono y saca un billete arrugado. El taquero lo recibe y devuelve el cambio con la calma de quien acaba de ganar una discusión de veinte años.
La inclusión financiera, dicen, es que todos entren al sistema. Quizá. Pero el sistema lleva años entrando a todos, y el 85.2 por ciento decidió que, aun así, prefiere el peso que se toca.
Al cerrar, el taquero cuenta su día: billetes de a cien, de a cincuenta, monedas de a diez. Los ordena, los guarda, apaga el foco. Mañana la aplicación volverá a prometer el futuro. Él ya tiene el presente en la bolsa del mandil.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

