Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
22 de septiembre de 2026
Son casi las once de la noche y el local huele a alcohol, a crema cicatrizante y a café recalentado. En la pared, una retahíla de diseños dibujados a mano compite con el título de una carrera que el dueño nunca terminó. En la silla, una mujer de veintitantos aprieta los dientes mientras en su antebrazo crece un colibrí. El tatuador no habla: mira, limpia la piel, vuelve a mirar. Lleva catorce años traduciendo vidas ajenas al idioma de la tinta.
Unas calles más allá, en el recinto donde se discuten las leyes de la ciudad, la conversación es parecida, solo que con micrófono. La propuesta es clara: reconocer el tatuaje y las otras modificaciones del cuerpo como lo que ya son —oficio, memoria, lenguaje— y asignarles una fecha en el calendario. No es un homenaje al dolor, insisten; es una manera de dejar de mirar con desconfianza a quien decidió escribirse encima.
El país, hay que decirlo, tiene día para casi todo. Día del tamal, del charro, de la radio, del libro. Lo curioso no es que falte uno, sino el orden en que llegan. Primero se celebra lo que ya nadie discute; luego, muy despacio, lo que todavía hay que defender en la mesa de la cena. El tatuaje carga con esa herencia incómoda: durante décadas fue marca de cárcel o de rebeldía, y hoy es tesis de titulación, portafolio, terapia y, en varios casos, la única firma que alguien tiene sobre su propio cuerpo.
Con la fecha llega la letra chica. Porque una cosa es el arte y otra el taller. Entre el estudio que esteriliza todo y la cocina donde alguien compró una máquina por internet hay un abismo sanitario que ningún calendario arregla. Si el día sirve para algo, servirá para hablar de eso: de permisos, de higiene, de precios justos y de clientes que llegan con una foto en el celular y salen con una cicatriz.
Afuera, el colibrí ya tiene contorno. La mujer paga, se baja la manga, se revisa dos veces en el espejo. Mientras en el Congreso se discuten fechas y nombres de meses, ella ya tomó su decisión un martes cualquiera, sin ceremonia ni discurso. Queda la duda de siempre: ¿la fecha honra a quien se tatúa o solo sirve para la foto del boletín? ¿Habrá también un día para el arrepentimiento, o ese lo celebramos todos los días, por dentro y en silencio?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
22 de septiembre de 2026
Son casi las once de la noche y el local huele a alcohol, a crema cicatrizante y a café recalentado. En la pared, una retahíla de diseños dibujados a mano compite con el título de una carrera que el dueño nunca terminó. En la silla, una mujer de veintitantos aprieta los dientes mientras en su antebrazo crece un colibrí. El tatuador no habla: mira, limpia la piel, vuelve a mirar. Lleva catorce años traduciendo vidas ajenas al idioma de la tinta.
Unas calles más allá, en el recinto donde se discuten las leyes de la ciudad, la conversación es parecida, solo que con micrófono. La propuesta es clara: reconocer el tatuaje y las otras modificaciones del cuerpo como lo que ya son —oficio, memoria, lenguaje— y asignarles una fecha en el calendario. No es un homenaje al dolor, insisten; es una manera de dejar de mirar con desconfianza a quien decidió escribirse encima.
El país, hay que decirlo, tiene día para casi todo. Día del tamal, del charro, de la radio, del libro. Lo curioso no es que falte uno, sino el orden en que llegan. Primero se celebra lo que ya nadie discute; luego, muy despacio, lo que todavía hay que defender en la mesa de la cena. El tatuaje carga con esa herencia incómoda: durante décadas fue marca de cárcel o de rebeldía, y hoy es tesis de titulación, portafolio, terapia y, en varios casos, la única firma que alguien tiene sobre su propio cuerpo.
Con la fecha llega la letra chica. Porque una cosa es el arte y otra el taller. Entre el estudio que esteriliza todo y la cocina donde alguien compró una máquina por internet hay un abismo sanitario que ningún calendario arregla. Si el día sirve para algo, servirá para hablar de eso: de permisos, de higiene, de precios justos y de clientes que llegan con una foto en el celular y salen con una cicatriz.
Afuera, el colibrí ya tiene contorno. La mujer paga, se baja la manga, se revisa dos veces en el espejo. Mientras en el Congreso se discuten fechas y nombres de meses, ella ya tomó su decisión un martes cualquiera, sin ceremonia ni discurso. Queda la duda de siempre: ¿la fecha honra a quien se tatúa o solo sirve para la foto del boletín? ¿Habrá también un día para el arrepentimiento, o ese lo celebramos todos los días, por dentro y en silencio?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

