Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
14 de octubre de 2026
Aristarain es un hombre de silencios largos y de un cine que no grita. Nació en Buenos Aires, aprendió el oficio a la vieja usanza —mirando a otros filmar— y nunca se acostumbró a la prisa. Sus películas casi no corren. Se detienen. Dejan que dos personajes se miren sin decir nada, y en ese hueco cabe más drama que en toda una persecución.
Los que lo descubrieron en una sala grande recuerdan “Tiempo de revancha”, ese obrero que decide vengarse de la empresa que lo usó y lo tiró. Los que lo encontraron en la televisión de madrugada recuerdan “Martín (Hache)”, el padre que se llevó al hijo a Madrid y luego no supo qué hacer con él. Y están los que vieron “El hijo de la novia” llorando sin disimulo, porque Aristarain sabe dónde apretar y no le da vergüenza hacerlo.
Ahora esas historias van a viajar. El circuito Cineteca Nacional no es una sola pantalla: es una red que lleva el cine de autor de la capital a las ciudades donde las funciones buenas duran tres días y hay que correr para alcanzarlas. En esas salas —a veces con olor a alfombra vieja, a veces con el proyector tosiendo al fondo— la obra del argentino va a encontrar público nuevo: estudiantes que no habían nacido cuando se estrenó “Un lugar en el mundo”, señores que la vieron en VHS y ya no la recuerdan bien.
Aristarain siempre filmó lo mismo con nombres distintos: el tipo que huye y que regresa, el que traiciona por lealtad, el que se queda quieto mientras el mundo se acomoda alrededor. Nada de eso tiene nacionalidad. Por eso aguanta el paso por el mapa: sus personajes cruzan fronteras con la misma facilidad con la que cruzan una calle.
Habrá quien diga que ver cine viejo es nostalgia. Pero no: es reconocimiento. Uno se sienta en la sala a oscuras, la pantalla se enciende, y ahí está ese hombre que no sabe cómo decirle a su hijo lo que siente. Y uno, que tampoco sabe, se acomoda en el asiento y mira. El cine de Aristarain sigue viajando por el país, de sala en sala, sin pedir permiso. ¿Cuántos exilios de andar por casa van a encontrar, en esas funciones, su lugar en el mundo?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

