Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
13 de octubre de 2026
Desde antes del amanecer hay gente en las caballerizas. Un mozo pasa la mano por el lomo de un pura sangre que no mide el país donde nació ni el apellido de su dueño. Le da avena, agua, una palabra al oído. Después llegan los demás: el veterinario con su maletín, el herrero, los muchachos que cargan baldes. A mediodía el estacionamiento se llena de camionetas y en la tribuna alguien despliega una silla plegable como quien arma un campamento.
El expediente que cruzó la frontera no habla de caballos. Habla de taquillas, de entradas y de apuestas cruzadas: esas que se juegan en dos plazas a la vez, donde se gana en una y conviene perder en la otra. Para un aficionado, eso es el marcador de la cuarta carrera. Para un fiscal, es un renglón más de una estructura que, sostiene la acusación, mantiene en pie a un grupo criminal del noreste. El mismo sonido de la campana, dos lecturas.
Un hipódromo es, en teoría, una institución ejemplar: paga impuestos, da empleo, tiene reglamento y hasta junta de honor. Eso es lo que duele. Si la taquilla se contamina, no se contamina solo el que arregla carreras. Se contamina el señor que llevó a su hija a ver caballos por primera vez, el que perdió doscientos pesos y se fue contento, el mozo que llegó a las cuatro de la mañana a raspar un lomo ajeno.
Y mientras esa tribuna espera explicaciones, en otro escritorio del país las apuestas encontraron techo nuevo: Gobernación autorizó a una empresa ligada a Amílcar Olán para operar apuestas en línea. La casa cambió de domicilio. Antes era una tribuna con olor a heno; ahora es un teléfono en el bolsillo, que no cierra a las ocho ni descansa los lunes.
Los que de verdad corren no se enteran de nada. Salen del partidor, doblan la curva y en la recta final solo piensan en el viento. El jinete habla de una pista pesada; el fiscal, de cuentas cruzadas. Los dos tienen razón y ninguno se equivocó de deporte. En el oficio, la única regla que nadie discute es la de siempre: el que cobra llega al último minuto, sonríe, y nunca dice su nombre.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

