Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
11 de octubre de 2026
La tarde tapatía tenía ese calor de octubre que no pide permiso. En las colonias, la rutina se había vuelto un acto de desconfianza: abrir la llave, oler, cerrar y decidir si eso servía para lavar los trastes, para bañar a un niño o para nada. Los que pudieron cargaron agua embotellada; los que no, llenaron cubetas en casa de la vecina, en la tienda, donde cayera.
Los marchantes no llevaban botargas ni consignas de partido. Llevaban sed, y la sed no tiene ideología. Caminaron con el gesto de quien reclama algo básico y sabe que le van a contestar con un comunicado. Al frente iban los garrafones, como si la propia caminata fuera una tubería andando, una fila de plástico vacío que pedía ser llenada con algo que no diera miedo.
La exigencia suena sencilla y por eso incomoda: que se declare la alerta sanitaria. Una alerta obliga a monitorear, a clorar, a informar, a decir qué contiene el agua que corre por debajo de las banquetas. Sin ese documento, el problema existe únicamente en el estómago de los vecinos, que es el lugar menos científico y más honesto donde se puede medir un río.
En Jalisco y en medio México ya se sabe el guion de memoria. Primero el olor. Luego el rumor de pasillo. Después las pipas repartiendo el líquido como si hicieran un favor y no cumplieran una obligación. Y al final el garrafón, que dejó de ser un trasto de oficina para convertirse en un lujo de casa. Hay colonias enteras donde el agua de la llave sirve para todo, menos para beber.
Mientras la gente marchaba, el problema seguía su curso subterráneo, ajeno a pancartas, indiferente a consignas, avanzando por las tuberías como un vecino que nunca paga la renta. Nadie sabe con certeza qué toma cuando toma agua, y esa ignorancia, distribuida entre miles de casas, es la verdadera emergencia.
Al anochecer la marcha se deshizo y cada quien volvió a su cocina a revisar el grifo, como se revisa a un perro que ya mordió una vez. Cerraron la llave con cuidado, guardaron los garrafones y dejaron encendida la sospecha.
La pregunta queda flotando sobre el calor: si el agua no es potable, ¿quién le pone la etiqueta? ¿Y por qué en este país hasta el derecho a no enfermarse hay que ir a exigirlo a la calle?
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

