Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
6 de octubre de 2026
El reloj suena a las cinco cuarenta. Hay un camión, luego otro, y una llave que le dieron hace años “por si llegamos tarde”. La puerta se abre despacio, porque el perro ladra y el piso de mármol reclama silencio. Trapea, talla, dobla, guarda. A las tres de la tarde la casa huele a limpio y ella se va por donde vino, con las manos agrietadas y el boleto del camión doblado en la bolsa del mandil.
El informe de UNIDAS lo aprieta en un solo renglón: 96.6 por ciento de quienes trabajan en casas particulares están en la informalidad. Casi todas. Casi todas mujeres. Limpian lo que otros ensucian, crían a hijos que no parieron, cocinan para familias que a las ocho de la noche preguntan, sin malicia, si ya hay algo de cenar.
En este país, el trabajo doméstico es de las pocas profesiones que se contratan con un apretón de manos y se despiden con un “gracias, luego te hablo”. No hay IMSS, no hay finiquito, no hay antigüedad. Hay confianza, esa palabra que suena cálida hasta el día en que se rompe el plato caro y la confianza se convierte en descuento.
La casa, vista desde el sillón, parece sostenerse sola. Es un truco de ilusionismo. El polvo no se retira por dignidad propia; los trastes no se lavan por vocación. Detrás de cada sala impecable hay una agenda que arranca antes del amanecer y termina cuando el último de la familia apaga la luz. Nadie ve la agenda. Solo se nota cuando falta, y entonces el mundo entero se cae de un golpe: no hay comida, no hay ropa planchada, no hay quien abra la puerta al repartidor.
Mientras tanto, la conversación pública se llena de reflectores y de galas. En Bellas Artes se prepara una función de aniversario; en los museos se encienden luces sobre arquitecturas famosas; en las canchas se cuenta quién gana y quién pierde. Todo brilla. Todo se ve. Y en la otra mitad del país, la que entra por la puerta de servicio y sale por la misma, la informalidad se mide en millones de personas que sostienen casas ajenas sin que ninguna ley les ponga el nombre correcto.
La cifra no es un accidente ni una fatalidad: es una costumbre. Una costumbre que llevamos tanto tiempo repitiendo que ya nos parece paisaje, como el ruido del camión a las seis de la mañana, como la llave extra bajo el macetero. Si el trabajo que permite que todas las demás casas funcionen es el único que nunca tuvo contrato, conviene preguntarse quién gana con que siga siendo invisible.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

