Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
25 de septiembre de 2026
La lluvia no llegó como llegan aquí las lluvias, en un golpe de veinte minutos que refresca el pavimento y se larga sin despedirse. Llegó como inquilino moroso: quince días instalada, sin prisa, dejando que el agua encontrara los caminos que el asfalto le tenía bien escondidos. Y los encontró todos.
El recuento llegó después, en frío, como llegan siempre los recuentos: cincuenta y ocho inundaciones repartidas por la ciudad, decenas de vehículos varados, grúas trabajando de madrugada y conductores empujando su propio coche con el agua a la altura de la placa, con esa cara de quien calcula si le sale más caro la reparación o el orgullo.
Pero el número que de verdad pesa es otro. El agua que cayó en quince días equivale a cuatro veces la presa El Rejón. Cuatro. Como si alguien hubiera vaciado esa presa entera sobre la mancha urbana, y luego la hubiera vaciado otra vez, y otra, y otra, hasta que la ciudad que presume de vivir donde nunca llueve tuvo que aprender a navegar su propio bulevar.
En las esquinas se repitió el mismo ritual de siempre: el comerciante subiendo cajas a la banqueta como quien sube muebles a un segundo piso, el vecino con la escoba barriendo agua hacia donde ya hay más agua, el niño que descubrió que la calle, por unas horas, era una alberca pública y gratuita. Nadie discute el clima cuando el clima ya se sentó en la sala.
Y en medio del chapoteo, puntual, la cultura: se anunció la cartelera del FICH 2026 para Ciudad Juárez y para la capital del estado. Un festival completo, programado, con fechas y todo, mientras en las calles todavía se discutía si el próximo aguacero se lleva el pavimento o solo el ánimo. La cultura, ya se sabe, llega a la hora exacta aunque el agua haya llegado antes.
Aquí el enemigo histórico se llamaba polvo. El viento levantando tierra, los cerros borrosos al mediodía, la tos de mayo. Ahora resulta que la frontera también tiene que aprenderse de memoria el otro manual: el de las alcantarillas, los vados, las lluvias que no avisan en quince días.
Al final del día quedó lo de siempre: un charco largo en la esquina, quieto, con un cartel del festival reflejado encima. El agua, dicen, siempre encuentra su nivel. En Juárez encontró el de la cultura: llegar sin pedir permiso y quedarse a flotar.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
25 de septiembre de 2026
La lluvia no llegó como llegan aquí las lluvias, en un golpe de veinte minutos que refresca el pavimento y se larga sin despedirse. Llegó como inquilino moroso: quince días instalada, sin prisa, dejando que el agua encontrara los caminos que el asfalto le tenía bien escondidos. Y los encontró todos.
El recuento llegó después, en frío, como llegan siempre los recuentos: cincuenta y ocho inundaciones repartidas por la ciudad, decenas de vehículos varados, grúas trabajando de madrugada y conductores empujando su propio coche con el agua a la altura de la placa, con esa cara de quien calcula si le sale más caro la reparación o el orgullo.
Pero el número que de verdad pesa es otro. El agua que cayó en quince días equivale a cuatro veces la presa El Rejón. Cuatro. Como si alguien hubiera vaciado esa presa entera sobre la mancha urbana, y luego la hubiera vaciado otra vez, y otra, y otra, hasta que la ciudad que presume de vivir donde nunca llueve tuvo que aprender a navegar su propio bulevar.
En las esquinas se repitió el mismo ritual de siempre: el comerciante subiendo cajas a la banqueta como quien sube muebles a un segundo piso, el vecino con la escoba barriendo agua hacia donde ya hay más agua, el niño que descubrió que la calle, por unas horas, era una alberca pública y gratuita. Nadie discute el clima cuando el clima ya se sentó en la sala.
Y en medio del chapoteo, puntual, la cultura: se anunció la cartelera del FICH 2026 para Ciudad Juárez y para la capital del estado. Un festival completo, programado, con fechas y todo, mientras en las calles todavía se discutía si el próximo aguacero se lleva el pavimento o solo el ánimo. La cultura, ya se sabe, llega a la hora exacta aunque el agua haya llegado antes.
Aquí el enemigo histórico se llamaba polvo. El viento levantando tierra, los cerros borrosos al mediodía, la tos de mayo. Ahora resulta que la frontera también tiene que aprenderse de memoria el otro manual: el de las alcantarillas, los vados, las lluvias que no avisan en quince días.
Al final del día quedó lo de siempre: un charco largo en la esquina, quieto, con un cartel del festival reflejado encima. El agua, dicen, siempre encuentra su nivel. En Juárez encontró el de la cultura: llegar sin pedir permiso y quedarse a flotar.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

