Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
24 de septiembre de 2026
Porque el ciclismo de montaña no se corre en estadios con butacas numeradas ni en avenidas con vallas y porristas. Se corre en laderas donde el terreno cobra renta en sudor: piedra suelta, raíz traicionera, cuestas que no se negocian. Y Puebla, hay que decirlo, tiene con qué. Ahí está La Malinche con su falda de bosque, el Iztaccíhuatl con su silueta de mujer dormida, esa geografía que llevaba siglos ahí sin que nadie le propusiera un contrato deportivo.
La noticia llegó en tres versiones distintas el mismo día —tres diarios, tres titulares, la misma montaña— como si el país necesitara confirmarlo tres veces para creérselo. Es que nunca había pasado. México ha recibido mundiales de fútbol, de box, de taekwondo, ha llenado estadios con una facilidad casi sospechosa. Pero un Mundial de Ciclismo, el de la bici que sube y baja cerros, es la primera vez. La primera vez tiene un sabor particular, parecido al de un niño que por fin lo invitan al equipo.
Y hay algo que conviene subrayar. Mientras el anuncio se celebra en salones con aire acondicionado, en las faldas de los volcanes hay gente que lleva años pedaleando en silencio. Chavos con tenis remendados y cascos que alguna vez fueron de alguien más. Suben a las cinco de la mañana porque a esa hora la montaña todavía presta sombra. Bajan a una velocidad que los taxistas no perdona. Los que van a competir en 2029 quizá ni nacieron cuando estos otros empezaron a entrenar. Pero el camino lo abrieron las llantas gastadas de los que nunca saldrán en la foto.
Faltan tres años. Hay tiempo de sobra para pavimentar accesos, ampliar hoteles, imprimir playeras con la palabra Puebla en tres idiomas. También hay tiempo para arreglar lo que suele olvidarse: que el aficionado de a pie pueda llegar al cerro sin pedir prestado.
Porque la ironía está servida y es de las finas: el mismo país que en 2029 recibirá al mundo entero pedaleando entre montañas es el país donde un ciclista urbano sale a la tienda y vuelve con el manubrio torcido, cuando vuelve. Será bonito ver a los mejores del planeta bajar La Malinche como si fueran dueños del mundo. Y será igual de bonito preguntarnos, mientras tanto, por qué los nuestros solo son dueños del mundo cuando el mundo viene a visitarlos.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
24 de septiembre de 2026
Porque el ciclismo de montaña no se corre en estadios con butacas numeradas ni en avenidas con vallas y porristas. Se corre en laderas donde el terreno cobra renta en sudor: piedra suelta, raíz traicionera, cuestas que no se negocian. Y Puebla, hay que decirlo, tiene con qué. Ahí está La Malinche con su falda de bosque, el Iztaccíhuatl con su silueta de mujer dormida, esa geografía que llevaba siglos ahí sin que nadie le propusiera un contrato deportivo.
La noticia llegó en tres versiones distintas el mismo día —tres diarios, tres titulares, la misma montaña— como si el país necesitara confirmarlo tres veces para creérselo. Es que nunca había pasado. México ha recibido mundiales de fútbol, de box, de taekwondo, ha llenado estadios con una facilidad casi sospechosa. Pero un Mundial de Ciclismo, el de la bici que sube y baja cerros, es la primera vez. La primera vez tiene un sabor particular, parecido al de un niño que por fin lo invitan al equipo.
Y hay algo que conviene subrayar. Mientras el anuncio se celebra en salones con aire acondicionado, en las faldas de los volcanes hay gente que lleva años pedaleando en silencio. Chavos con tenis remendados y cascos que alguna vez fueron de alguien más. Suben a las cinco de la mañana porque a esa hora la montaña todavía presta sombra. Bajan a una velocidad que los taxistas no perdona. Los que van a competir en 2029 quizá ni nacieron cuando estos otros empezaron a entrenar. Pero el camino lo abrieron las llantas gastadas de los que nunca saldrán en la foto.
Faltan tres años. Hay tiempo de sobra para pavimentar accesos, ampliar hoteles, imprimir playeras con la palabra Puebla en tres idiomas. También hay tiempo para arreglar lo que suele olvidarse: que el aficionado de a pie pueda llegar al cerro sin pedir prestado.
Porque la ironía está servida y es de las finas: el mismo país que en 2029 recibirá al mundo entero pedaleando entre montañas es el país donde un ciclista urbano sale a la tienda y vuelve con el manubrio torcido, cuando vuelve. Será bonito ver a los mejores del planeta bajar La Malinche como si fueran dueños del mundo. Y será igual de bonito preguntarnos, mientras tanto, por qué los nuestros solo son dueños del mundo cuando el mundo viene a visitarlos.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

