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Impersonal — 9 de septiembre de 2026 | Edición para el café

por Opinia Lab
9 septiembre, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

9 de septiembre de 2026

En una oficina cualquiera de Albuquerque, un hombre mira su teléfono y lee el nuevo nombre de su estado, impuesto desde la distancia por un presidente que dibuja mapas con el dedo. “Es ridículo, es absurdo”, dice, y nadie en la sala sabe si reír o guardar silencio.

La escena se repite en Nuevo México desde que el gobierno de Trump lanzó su nueva cartografía oficial, una suerte de geografía de bolsillo donde los estados se renombran como si fueran personajes de una serie. En las estaciones de servicio, en los bares, en las filas del supermercado, los residentes comparan capturas de pantalla. Un nombre que no estaba en ningún tratado, ni en ninguna memoria histórica, aparece ahora sobre millones de kilómetros cuadrados. Los más jóvenes se encogen de hombros. Los viejos cuentan que ya antes les habían cambiado el país de lugar, pero nunca el nombre de su casa.

A miles de kilómetros de distancia, la palabra absurdo también se cuela en los pasillos del poder mexicano. La presidenta Sheinbaum levantó la mano esta semana, no para dibujar fronteras, sino para desmentir un rumor con la paciencia de quien explica algo evidente: “Es absolutamente absurdo”, dijo, y aclaró que su antecesor se ha portado con un respeto que parece no caber en los titulares. Pero la noticia, absurda como muchas otras, ya había emprendido el vuelo. Había que aterrizarla.

Mientras tanto, en Madrid, alguien ojó el pasaporte de una presidenta autonómica y olvidó que la diplomacia se hace también con gestos y silencios. El Gobierno español no tuvo más remedio que reconocer lo que las crónicas ya cantaban: la visita a México de Díaz Ayuso había sido una provocación que le salió mal. La izquierda madrileña, avergonzada, pidió disculpas a nombre de todo un país, como quienborra la mancha de un comensal que llegó a una fiesta sin ser invitado.

Lo curioso es que todos hablan del ridículo como si fuera un objeto perdido que alguien puede reclamar. La opinión pública lo señala, los partidos lo adjudican, los diarios lo anuncian en portada: “Ayuso conquista el ridículo”. Pero el ridículo no se conquista ni se pierde: se ejerce. Y cuando se ejerce desde el poder, el costo no lo paga quien lo comete, sino quienes están obligados a mirar.

En Chihuahua, por su parte, el PAN también acusó de “ridícula” una marcha oficialista, como si la palabra pudiera lanzarse de un lado a otro de la tribuna sin manchar a nadie. En el fondo, todos la usan como un arma, pero nadie se detiene a mirar el mapa que tienen enfrente.

Afuera, en la calle, el absurdo no pide permiso. Llega en forma de mapas, de visitas oficiales, de rumores de pugna o de sanciones que la presidenta descarta con una sola pregunta: “¿Sancionar a un reportero? Sería absurdo”. Quizá por eso el ciudadano de a pie, el que no sale en los diarios, ha aprendido a convivir con esa palabra como quien convive con el clima: lo revisa cada mañana, pero ya no se sorprende.

Al final del día, mientras el hombre de Albuquerque sigue mirando su pantalla, piensa que tal vez todo esto sea una broma. Pero no hay quién la cuente. Así que hace lo único sensato: cierra el teléfono, sale a la calle y camina por una ciudad que todavía recuerda su nombre, aunque el mapa diga otra cosa.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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La escena se repite en Nuevo México desde que el gobierno de Trump lanzó su nueva cartografía oficial, una suerte de geografía de bolsillo donde los estados se renombran como si fueran personajes de una serie. En las estaciones de servicio, en los bares, en las filas del supermercado, los residentes comparan capturas de pantalla. Un nombre que no estaba en ningún tratado, ni en ninguna memoria histórica, aparece ahora sobre millones de kilómetros cuadrados. Los más jóvenes se encogen de hombros. Los viejos cuentan que ya antes les habían cambiado el país de lugar, pero nunca el nombre de su casa.

A miles de kilómetros de distancia, la palabra absurdo también se cuela en los pasillos del poder mexicano. La presidenta Sheinbaum levantó la mano esta semana, no para dibujar fronteras, sino para desmentir un rumor con la paciencia de quien explica algo evidente: “Es absolutamente absurdo”, dijo, y aclaró que su antecesor se ha portado con un respeto que parece no caber en los titulares. Pero la noticia, absurda como muchas otras, ya había emprendido el vuelo. Había que aterrizarla.

Mientras tanto, en Madrid, alguien ojó el pasaporte de una presidenta autonómica y olvidó que la diplomacia se hace también con gestos y silencios. El Gobierno español no tuvo más remedio que reconocer lo que las crónicas ya cantaban: la visita a México de Díaz Ayuso había sido una provocación que le salió mal. La izquierda madrileña, avergonzada, pidió disculpas a nombre de todo un país, como quienborra la mancha de un comensal que llegó a una fiesta sin ser invitado.

Lo curioso es que todos hablan del ridículo como si fuera un objeto perdido que alguien puede reclamar. La opinión pública lo señala, los partidos lo adjudican, los diarios lo anuncian en portada: “Ayuso conquista el ridículo”. Pero el ridículo no se conquista ni se pierde: se ejerce. Y cuando se ejerce desde el poder, el costo no lo paga quien lo comete, sino quienes están obligados a mirar.

En Chihuahua, por su parte, el PAN también acusó de “ridícula” una marcha oficialista, como si la palabra pudiera lanzarse de un lado a otro de la tribuna sin manchar a nadie. En el fondo, todos la usan como un arma, pero nadie se detiene a mirar el mapa que tienen enfrente.

Afuera, en la calle, el absurdo no pide permiso. Llega en forma de mapas, de visitas oficiales, de rumores de pugna o de sanciones que la presidenta descarta con una sola pregunta: “¿Sancionar a un reportero? Sería absurdo”. Quizá por eso el ciudadano de a pie, el que no sale en los diarios, ha aprendido a convivir con esa palabra como quien convive con el clima: lo revisa cada mañana, pero ya no se sorprende.

Al final del día, mientras el hombre de Albuquerque sigue mirando su pantalla, piensa que tal vez todo esto sea una broma. Pero no hay quién la cuente. Así que hace lo único sensato: cierra el teléfono, sale a la calle y camina por una ciudad que todavía recuerda su nombre, aunque el mapa diga otra cosa.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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