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Impersonal — 8 de septiembre de 2026 | Edición para el café

por Opinia Lab
8 septiembre, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

8 de septiembre de 2026

La mañana en Santa Fe amaneció con un sonido raro: el de la geografía borrándose con una plumilla desde Washington. Los residentes de Nuevo México abrieron el teléfono, vieron los mapas oficiales que renombran su tierra y soltaron la risa amarga de quien ya no se sorprende: “Es ridículo, es absurdo”, repetían, como quien comprueba que la realidad siempre encuentra la manera de imitar a la caricatura.

No es la primera vez que un gobierno intenta cambiarle el nombre a las cosas para sentirse con derecho a ellas. Este territorio ya se llamó Nueva España, después México, luego fue invadido y rebautizado en inglés, y ahora una oficina lejana vuelve a correr el plumón sobre la cartografía. En las gasolineras, en las filas del supermercado, la gente comenta el mapa con una ironía que no necesita explicación: primero le quitan el nombre al golfo, luego a la montaña más alta de Alaska, y cuando ya no queda nada por renombrar, voltean hacia Nuevo México como quien mira una herencia que le estorba.

Hay algo casi poético en el gesto de renombrar un lugar que ya cargaba con un nombre doble: México, Nuevo México. La historia de esta tierra es un palimpsesto de conquistas y de olvidos. Los exploradores del siglo XVI la bautizaron creyendo encontrar ciudades de oro; los descendientes de aquellos que hablaban español la defendieron como suya; después vino la frontera y con la frontera la costumbre de mirar los mapas con sospecha. Ahora los nuevos mapas la borran de nuevo, y los vecinos de Santa Fe, Las Cruces y Albuquerque —esos nombres que resisten en la esquina de cada calle— se encogen de hombros y piden el café con leche.

El absurdo no es gratuito. Mientras los residentes del estado miran los mapas con incredulidad, en la televisión nacional los políticos discuten si tal o cual afirmación fue una provocación, si tal o cual marcha fue un ridículo, si tal o cual decreto fiscal desafía la lógica. La palabra “absurdo” aparece una y otra vez en los noticieros como un comodín que sirve para todo: para explicar una visita diplomática que termina en disculpas ajenas, para negar una pelea entre aliados que nunca fue tal, para justificar lo que nadie entiende. Y allá arriba, en los mapas que bajan de Washington, la palabra también se estira como una mancha de tinta.

Pero los nombres tienen otra forma de sobrevivir: no en los mapas sino en la boca de la gente. Nadie en la frontera ha dejado de decir “el golfo” a secas, ni los abuelos cesarán de llamar Nuevo México a la tierra que heredaron en la memoria. Los gobernantes pueden cambiar la nomenclatura de un territorio, pero no pueden cambiar lo que se dice al despertar, lo que se escribe en una carta a la familia, lo que se canta en una canción.

Cuando el mapa quede guardado en los archivos, cuando el decreto sea apenas una nota al pie en los libros de historia, en las cocinas de Nuevo México la gente seguirá diciendo el nombre completo, como quien respira. Porque al final, la única geografía que importa es la que se pronuncia con los labios, y esa, ninguna plumilla la puede borrar. El día termina con la misma escena de siempre: un hombre mira por la ventana, ve el horizonte donde el mapa se vuelve silencio, y dice para sí mismo, con una sonrisa: “Qué absurdo todo”. Y tiene razón.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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No es la primera vez que un gobierno intenta cambiarle el nombre a las cosas para sentirse con derecho a ellas. Este territorio ya se llamó Nueva España, después México, luego fue invadido y rebautizado en inglés, y ahora una oficina lejana vuelve a correr el plumón sobre la cartografía. En las gasolineras, en las filas del supermercado, la gente comenta el mapa con una ironía que no necesita explicación: primero le quitan el nombre al golfo, luego a la montaña más alta de Alaska, y cuando ya no queda nada por renombrar, voltean hacia Nuevo México como quien mira una herencia que le estorba.

Hay algo casi poético en el gesto de renombrar un lugar que ya cargaba con un nombre doble: México, Nuevo México. La historia de esta tierra es un palimpsesto de conquistas y de olvidos. Los exploradores del siglo XVI la bautizaron creyendo encontrar ciudades de oro; los descendientes de aquellos que hablaban español la defendieron como suya; después vino la frontera y con la frontera la costumbre de mirar los mapas con sospecha. Ahora los nuevos mapas la borran de nuevo, y los vecinos de Santa Fe, Las Cruces y Albuquerque —esos nombres que resisten en la esquina de cada calle— se encogen de hombros y piden el café con leche.

El absurdo no es gratuito. Mientras los residentes del estado miran los mapas con incredulidad, en la televisión nacional los políticos discuten si tal o cual afirmación fue una provocación, si tal o cual marcha fue un ridículo, si tal o cual decreto fiscal desafía la lógica. La palabra “absurdo” aparece una y otra vez en los noticieros como un comodín que sirve para todo: para explicar una visita diplomática que termina en disculpas ajenas, para negar una pelea entre aliados que nunca fue tal, para justificar lo que nadie entiende. Y allá arriba, en los mapas que bajan de Washington, la palabra también se estira como una mancha de tinta.

Pero los nombres tienen otra forma de sobrevivir: no en los mapas sino en la boca de la gente. Nadie en la frontera ha dejado de decir “el golfo” a secas, ni los abuelos cesarán de llamar Nuevo México a la tierra que heredaron en la memoria. Los gobernantes pueden cambiar la nomenclatura de un territorio, pero no pueden cambiar lo que se dice al despertar, lo que se escribe en una carta a la familia, lo que se canta en una canción.

Cuando el mapa quede guardado en los archivos, cuando el decreto sea apenas una nota al pie en los libros de historia, en las cocinas de Nuevo México la gente seguirá diciendo el nombre completo, como quien respira. Porque al final, la única geografía que importa es la que se pronuncia con los labios, y esa, ninguna plumilla la puede borrar. El día termina con la misma escena de siempre: un hombre mira por la ventana, ve el horizonte donde el mapa se vuelve silencio, y dice para sí mismo, con una sonrisa: “Qué absurdo todo”. Y tiene razón.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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