Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
2 de septiembre de 2026
Todo comenzó al otro lado del Atlántico, en una sala de sesiones madrileña donde la izquierda local hizo algo inusual: pedir perdón en nombre de quien no se iba a disculpar jamás. La visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid a México había dejado un tendal de gestos calificados como “insultantes, ridículos e ignorantes” por los propios españoles. Los políticos de la asamblea cruzaron el charco moral con la bandera del bochorno y entregaron disculpas a una presidenta que no las había solicitado, pero que las recibió como quien recoge un paraguas en plena tormenta ajena.
Sheinbaum, desde su conferencia matutina, no necesitaba que nadie le explicara el absurdo. Tenía su propia batalla con los rumores de una supuesta ruptura con su antecesor, y la despachó con una frase que bien pudo ser acuñada en una cantina filosófica: “Ni AMLO cogobierna conmigo, ni hay ruptura; es machista y es absurdo”. Tres adjetivos para derribar un fantasma. La primera mujer en gobernar México sabía que el ridículo no era suyo, sino de quienes dudaban de su autonomía. Hubo algo de justicia poética en que la misma semana en que Madrid se disculpaba con ella, ella se disculpara ante sí misma por tener que aclarar lo evidente.
Mientras tanto, en el otro extremo del continente, la política se vestía de gala para protagonizar su propia farsa. María Corina Machado se presentó ante Donald Trump y le entregó la medalla del Nobel de la Paz que le habían otorgado, en un gesto que los noruegos no tardaron en calificar de “patético” y “absurdo” desde la fría distancia de Oslo. La escena tenía todo el guion de una obra de vodevil: la dama de la resistencia entregando el símbolo de la paz a un hombre que había pasado su mandato coleccionando enemigos. En Washington, el magnate recibió el premio como quien acepta un regalo en una subasta benéfica: sin preguntar el precio.
El Pentágono aportó su propia nota de absurdo jerárquico. Hegseth, el secretario de Defensa, canceló el requisito de la vacuna antigripal para los militares, calificándolo de carga innecesaria. Los críticos llamaron a la medida “absurda” en un momento en que la salud pública aún recordaba la pandemia. La lógica marcial siempre ha tenido sus propios códigos: para unos, absurdo era obligar a vacunarse; para otros, absurdo era arriesgar a un batallón por una firma presupuestal.
El diccionario, mientras tanto, observaba todo desde el estante. La palabra “absurdo” había sido utilizada tantas veces en veinticuatro horas que sus letras empezaban a cansarse. Era absurdo que Ayuso hiciera lo que hizo. Absurdo que Sheinbaum tuviera que defenderse de lo que no hizo. Absurdo entregar un Nobel a quien nunca creyó en la paz. Absurdo cancelar una vacuna por una teoría. Absurdo que el mundo entero coincidiera en la etiqueta pero jamás en el remedio.
Y sin embargo, todos los protagonistas de este día coincidían en algo: ninguno se consideraba el personaje ridículo de su propia historia. La presidenta madrileña seguramente veía su visita como un éxito. Sheinbaum se veía firme. Machado veía un gesto de gratitud. Hegseth veía sentido común. Cada uno en su trinchera, cada uno convencido de su cordura.
El verdadero absurdo, pensaba un observador callejero desde una banca cualquiera, no es que las cosas pasen. Es que todos los implicados salgan caminando sin tropezarse, como si la lógica hubiera decidido tomar vacaciones indefinidas. Afuera, el sol seguía su curso imperturbable, ajeno a disculpas cruzadas y medallas misteriosas. Quizá esa indiferencia era, al final, lo único verdaderamente razonable del día.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.
Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
2 de septiembre de 2026
Todo comenzó al otro lado del Atlántico, en una sala de sesiones madrileña donde la izquierda local hizo algo inusual: pedir perdón en nombre de quien no se iba a disculpar jamás. La visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid a México había dejado un tendal de gestos calificados como “insultantes, ridículos e ignorantes” por los propios españoles. Los políticos de la asamblea cruzaron el charco moral con la bandera del bochorno y entregaron disculpas a una presidenta que no las había solicitado, pero que las recibió como quien recoge un paraguas en plena tormenta ajena.
Sheinbaum, desde su conferencia matutina, no necesitaba que nadie le explicara el absurdo. Tenía su propia batalla con los rumores de una supuesta ruptura con su antecesor, y la despachó con una frase que bien pudo ser acuñada en una cantina filosófica: “Ni AMLO cogobierna conmigo, ni hay ruptura; es machista y es absurdo”. Tres adjetivos para derribar un fantasma. La primera mujer en gobernar México sabía que el ridículo no era suyo, sino de quienes dudaban de su autonomía. Hubo algo de justicia poética en que la misma semana en que Madrid se disculpaba con ella, ella se disculpara ante sí misma por tener que aclarar lo evidente.
Mientras tanto, en el otro extremo del continente, la política se vestía de gala para protagonizar su propia farsa. María Corina Machado se presentó ante Donald Trump y le entregó la medalla del Nobel de la Paz que le habían otorgado, en un gesto que los noruegos no tardaron en calificar de “patético” y “absurdo” desde la fría distancia de Oslo. La escena tenía todo el guion de una obra de vodevil: la dama de la resistencia entregando el símbolo de la paz a un hombre que había pasado su mandato coleccionando enemigos. En Washington, el magnate recibió el premio como quien acepta un regalo en una subasta benéfica: sin preguntar el precio.
El Pentágono aportó su propia nota de absurdo jerárquico. Hegseth, el secretario de Defensa, canceló el requisito de la vacuna antigripal para los militares, calificándolo de carga innecesaria. Los críticos llamaron a la medida “absurda” en un momento en que la salud pública aún recordaba la pandemia. La lógica marcial siempre ha tenido sus propios códigos: para unos, absurdo era obligar a vacunarse; para otros, absurdo era arriesgar a un batallón por una firma presupuestal.
El diccionario, mientras tanto, observaba todo desde el estante. La palabra “absurdo” había sido utilizada tantas veces en veinticuatro horas que sus letras empezaban a cansarse. Era absurdo que Ayuso hiciera lo que hizo. Absurdo que Sheinbaum tuviera que defenderse de lo que no hizo. Absurdo entregar un Nobel a quien nunca creyó en la paz. Absurdo cancelar una vacuna por una teoría. Absurdo que el mundo entero coincidiera en la etiqueta pero jamás en el remedio.
Y sin embargo, todos los protagonistas de este día coincidían en algo: ninguno se consideraba el personaje ridículo de su propia historia. La presidenta madrileña seguramente veía su visita como un éxito. Sheinbaum se veía firme. Machado veía un gesto de gratitud. Hegseth veía sentido común. Cada uno en su trinchera, cada uno convencido de su cordura.
El verdadero absurdo, pensaba un observador callejero desde una banca cualquiera, no es que las cosas pasen. Es que todos los implicados salgan caminando sin tropezarse, como si la lógica hubiera decidido tomar vacaciones indefinidas. Afuera, el sol seguía su curso imperturbable, ajeno a disculpas cruzadas y medallas misteriosas. Quizá esa indiferencia era, al final, lo único verdaderamente razonable del día.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

