Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
10 de octubre de 2026
Aquella selección de 1998 no era un equipo: era una familia disfuncional con boleto de avión pagado. En la portería vivía un hombre que en el fondo quería ser delantero, Jorge Campos, el arquero de los uniformes imposibles, capaz de abandonar su arco para irse a cabecear un tiro de esquina. En el ataque, un muchacho que aprendió a gambetear en las calles duras de la ciudad y jugaba cada balón como si fuera el último: Cuauhtémoc Blanco. Y atrás, siempre atrás, barriendo lo que los otros dejaban suelto, Claudio Suárez, el Emperador.
Dos personalidades así no caben en el mismo vestidor sin chocar. Y chocaron. El pleito no se quedó en empujones ni en reclamos: subió a los puños en pleno pasillo del hotel, con el resto del plantel corriendo a separarlos y con más de un vecino de cuarto asomándose a la puerta para ver qué demonios pasaba en la concentración mexicana a unas horas del partido.
Nadie recuerda ya con precisión la chispa que encendió todo. Puede que haya sido un pase mal medido en el entrenamiento, una broma que cayó mal, un empujón de más. Da igual: lo que importa es que dos de los hombres más queridos de aquel equipo, dos que la afición adoraba por separado, se estaban agarrando como desconocidos a un día de jugarse la vida en el torneo.
El Emperador lo cuenta ahora sin rencor, casi con ternura. Porque eso es lo que queda de aquel verano: no los marcadores, no el resultado contra Alemania, no los empates que supimos sufrir con el alma en la garganta, sino las anécdotas de hermanos que se pelean a gritos y al día siguiente se pasan la pelota como si nada hubiera ocurrido.
México en Francia 98 funcionó así: a golpes en el pasillo y a toques en la cancha, con un arquero que soñaba con ser goleador y un delantero que soñaba con ser leyenda. Se pelearon, se separaron, salieron al campo y respondieron.
Vale preguntarse qué habría sido de aquella selección si esos dos, con el talento que cargaban, se hubieran entendido tan bien fuera de la cancha como cuando la pelota rodaba entre ellos.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

