Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
9 de octubre de 2026
Son las nueve de la mañana y en Tepito huele a pan recién sacado, a aceite de taquería que ya está encendida y a pintura fresca sobre una fachada que alguien se empeña en mantener colorida. Un muchacho carga un bulto de ropa, una señora arrastra un diablito, un perro se estaciona donde le da la gana. El barrio amanece haciendo lo de siempre: sobrevivir con estilo.
Ahí, con los pies en la banqueta y nunca sobre un pedestal, vivió y pintó Daniel Manrique. No llegó de la academia ni de la beca: llegó de la esquina. A la palabra que otros usaban para ofender a los del barrio, él la tomó, la limpió y la puso como bandera de su propio taller. De ahí pasó al título de esta exposición, que abre en Tepito y se llama, con todo y su descaro, El Ñero en la Cultura.
Con un grupo de vecinos armó lo que bautizó como Tepito Arte Acá. Talleres de barrio, muchachos mezclando colores en el patio, murales que se pintaban entre varios porque la pared era de todos. Las modelos de sus obras fueron las mismas mujeres que venden en el mercado, los mismos niños que se cuelgan de los puestos, los mismos ancianos que se sientan a ver pasar la tarde. Por eso, cuando un visitante pregunta quién es el personaje de tal muro, la respuesta casi nunca viene del catálogo. Viene de la banqueta: ese es mi tío.
Se murió hace más de quince años y dejó lo que dejan los que trabajan en serio: una ciudad con más color en las paredes y menos fotografías en los archivos. Nada más.
Este año la cultura aporta casi 3 por ciento del PIB nacional y da empleo a 1.4 millones de personas, dicen las cuentas oficiales. En ese conteo no entran las escaleras prestadas, ni los botes de pintura que se pagan entre tres, ni el taller donde un chavo aprendió a dibujar sin saber que estaba haciendo industria creativa. El muralismo de barrio nunca ha cabido en una hoja de cálculo, y aun así sigue ahí, aguantando sol, lluvia y administraciones.
Tepito, ese barrio al que las cámaras suelen llegar con las luces de la patrulla encendidas, ahora recibe a los curadores con las manos limpias. Ojalá se acostumbre. Porque el día que el barrio entienda que también puede ser museo, va a querer cobrar la entrada.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

