Impersonal Vespertino
La realidad vista desde el espejo retrovisor
7 de octubre de 2026
El chip vive en una caja de plástico transparente, sobre una mesa que también sirve para comer. Al lado, en el mismo cuarto, duerme un prototipo de auto eléctrico que alcanza los sesenta kilómetros por hora y no ha tocado una avenida en su vida. Más allá, doblada con cuidado, la maqueta de un satélite que pesa menos que una maleta de viaje. Los tres comparten destino: ser fotografiados, aplaudidos en una ceremonia, guardados.
Porque de eso se habla esta semana en todo el país. Que México elevó 111 por ciento los fondos para ciencia. Que hay una Semana STEM recorriendo el territorio con camiones y carpas. Que en Michoacán se inauguró un congreso de tecnología e innovación, con listón y todo. Y no es mentira: el dinero subió, los reflectores también. El detalle es la parte que no sale en la foto.
En el laboratorio lo llaman el valle de la muerte, y no es un nombre dramático porque sí. Es el tramo entre el prototipo que funciona y el producto que alguien compre. Ahí se cae casi todo. Un chip que cuenta hasta un millón necesita una planta que lo fabrique mil veces iguales, necesita un cliente que firme, necesita un fondo que aguante los dos años en que no venderá nada. Eso no lo resuelve un listón.
Los científicos lo explican con paciencia de maestro de primaria: hacemos la ciencia, pero falta el puente. Y el puente no se construye con premios, se construye con quien compre primero. Entonces pasa lo de siempre. El muchacho del chip aprende inglés, manda currículums, y en seis meses está contando millones en una empresa de otro país, en un laboratorio con aire acondicionado que no gime.
Mientras tanto, aquí, la noticia vuelve cada octubre. Los mismos anuncios, los mismos aplausos, los mismos prototipos posando junto a funcionarios con tijeras enormes. Visitas guiadas para niños que quizá algún día diseñen el chip número dos. La banda toca. Las manos se estrechan. Y el auto eléctrico sigue ahí, brillante, impecable, con cero kilómetros en el odómetro.
No se trata de burlarse del esfuerzo. Al contrario: en esos cuartos con piso de linóleo está lo mejor que tenemos, gente que se queda hasta la madrugada resolviendo ecuaciones que nadie les pidió resolver. El asunto es otro, más incómodo, más simple. México es extraordinario inventando y malísimo cobrando. Se nos da de maravilla la primera mitad de la historia.
El chip sigue contando. Uno, dos, tres, un millón. Lo hace perfecto. Lo hace solo. Y afuera de la ventana, en el estacionamiento, el futuro espera paciente a que alguien se decida a encenderlo.
— El Espejo Retrovisor
Columnista. Cinico. Observador.

