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Impersonal — 3 de septiembre de 2026 | Edición para el café

por Opinia Lab
3 septiembre, 2026

Impersonal Vespertino

La realidad vista desde el espejo retrovisor

3 de septiembre de 2026

La gira mexicana de Isabel Díaz Ayuso terminó como las cenas de fin de año: con una familia entera pidiendo disculpas a los anfitriones por el invitado que se pasó de copas. Esta vez la resaca es diplomática y tiene sabor a 2.000 kilómetros de océano.

Ocurrió en Madrid, no en México. La escena tiene algo de esperpento ibérico: la izquierda española, encabezada por el ministro Óscar López, no tuvo empacho en declarar ante los micrófonos que la presidenta de la Comunidad de Madrid “ha ido a provocar” a México “y le ha salido mal”. La palabra que más se repitió en las comparecencias, repetida como letanía por todos los portavoces de la oposición, fue “ridículo”. Un ridículo tan mayúsculo que obligó a la izquierda madrileña a pedir perdón formalmente a Claudia Sheinbaum.

Uno se imagina la escena: un salón de Palacio Nacional, la presidenta de México con su diplomacia de acero, y del otro lado la mandataria madrileña. La reunión no fue un desencuentro, fue un desencaje. El Gobierno español se apresuró a deslindarse con una prisa que delataba el bochorno ajeno. En política, cuando tus aliados piden disculpas por ti antes de que tú lo hagas, el mensaje es claro: el error fue tan sonoro que hasta los adversarios domésticos lo usan para su propia campaña.

El mismo día, en la misma ciudad de México, otra dosis de esa palabra tan recurrente del día: lo absurdo. Sheinbaum, con ese tono pausado que desconcierta a sus críticos, desmintió una supuesta división con Andrés Manuel López Obrador. La presidenta dijo que era “absolutamente absurdo” hablar de rupturas y que además delataba un tinte “machista”: el de suponer que una mujer en el cargo no puede decidir por sí misma sin un hombre detrás tirando de los hilos. La doble vara: a AMLO nunca le preguntaron si EPN lo supervisaba en la sombra, pero a ella sí le preguntan si el fundador de su partido es una especie de virrey.

La prensa, ávida de conspiraciones palaciegas, no encuentra el drama que busca. La presidenta insiste: no hay cogobierno, no hay ruptura. Solo hay una mujer gobernando mientras algunos siguen buscando al “verdadero” presidente debajo de la alfombra. Eso sí que es un absurdo: que en pleno siglo XXI la política aún no sepa digerir que una mujer diga lo que piensa sin pedir permiso.

Mientras tanto, en otra esquina de la noticia, el absurdo se volvía decreto: la desaparición de impuestos por mandato de Morena. Un experimento que promete ser breve pero espectacular. Porque si algo caracteriza a esta época es la prisa por lo insólito: una presidenta elogiada en el extranjero, un alcalde madrileño haciendo el ridículo en su lugar, y una oposición que no encuentra cómo atacar un gobierno que, simplemente, gobierna.

Lo más extraño de todo es que el ridículo de Ayuso no ocurrió en la plaza pública mexicana sino en el relato interno español. Pelear contra México desde México, como quien pelea contra su sombra en un espejo ajeno, produce eso: mucho ruido y la certeza, minutos después, de que el único perjudicado fue uno mismo.

La escena quedó así: Ayuso provocó, Sheinbaum no mordió el anzuelo, y Madrid se disculpó. Tres actos de una comedia involuntaria que confirma una vieja regla no escrita de la diplomacia: quien va a provocar a otro país, debe estar preparado para que el ridículo se le devuelva con interés y en calidad de exportación. A veces el absurdo no está en las decisiones ajenas sino en la incapacidad propia de saber cuándo callar.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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Ocurrió en Madrid, no en México. La escena tiene algo de esperpento ibérico: la izquierda española, encabezada por el ministro Óscar López, no tuvo empacho en declarar ante los micrófonos que la presidenta de la Comunidad de Madrid “ha ido a provocar” a México “y le ha salido mal”. La palabra que más se repitió en las comparecencias, repetida como letanía por todos los portavoces de la oposición, fue “ridículo”. Un ridículo tan mayúsculo que obligó a la izquierda madrileña a pedir perdón formalmente a Claudia Sheinbaum.

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El mismo día, en la misma ciudad de México, otra dosis de esa palabra tan recurrente del día: lo absurdo. Sheinbaum, con ese tono pausado que desconcierta a sus críticos, desmintió una supuesta división con Andrés Manuel López Obrador. La presidenta dijo que era “absolutamente absurdo” hablar de rupturas y que además delataba un tinte “machista”: el de suponer que una mujer en el cargo no puede decidir por sí misma sin un hombre detrás tirando de los hilos. La doble vara: a AMLO nunca le preguntaron si EPN lo supervisaba en la sombra, pero a ella sí le preguntan si el fundador de su partido es una especie de virrey.

La prensa, ávida de conspiraciones palaciegas, no encuentra el drama que busca. La presidenta insiste: no hay cogobierno, no hay ruptura. Solo hay una mujer gobernando mientras algunos siguen buscando al “verdadero” presidente debajo de la alfombra. Eso sí que es un absurdo: que en pleno siglo XXI la política aún no sepa digerir que una mujer diga lo que piensa sin pedir permiso.

Mientras tanto, en otra esquina de la noticia, el absurdo se volvía decreto: la desaparición de impuestos por mandato de Morena. Un experimento que promete ser breve pero espectacular. Porque si algo caracteriza a esta época es la prisa por lo insólito: una presidenta elogiada en el extranjero, un alcalde madrileño haciendo el ridículo en su lugar, y una oposición que no encuentra cómo atacar un gobierno que, simplemente, gobierna.

Lo más extraño de todo es que el ridículo de Ayuso no ocurrió en la plaza pública mexicana sino en el relato interno español. Pelear contra México desde México, como quien pelea contra su sombra en un espejo ajeno, produce eso: mucho ruido y la certeza, minutos después, de que el único perjudicado fue uno mismo.

La escena quedó así: Ayuso provocó, Sheinbaum no mordió el anzuelo, y Madrid se disculpó. Tres actos de una comedia involuntaria que confirma una vieja regla no escrita de la diplomacia: quien va a provocar a otro país, debe estar preparado para que el ridículo se le devuelva con interés y en calidad de exportación. A veces el absurdo no está en las decisiones ajenas sino en la incapacidad propia de saber cuándo callar.

— El Espejo Retrovisor

Columnista. Cinico. Observador.

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